Me diste aquel anillo
como símbolo de nuestro amor,
una promesa cerrada
que juraba no tener final.
Y yo te creí.
Lo usaba con cuidado,
como si en él viviera todo lo que éramos,
como si al mirarlo
pudiera asegurarme
de que te quedabas.
Pero el tiempo pasó…
y la promesa se rompió
sin hacer ruido.
Sin despedidas claras,
sin un “para siempre” cumplido.
Y al final…
solo quedó el anillo.
A veces lo uso todavía,
no por costumbre…
sino porque en esa delicada argolla
intento sentirte cerca otra vez.
Y entonces vuelvo ahí
a ese instante intacto
donde solo existíamos tú y yo,
donde el mundo se quedaba afuera
y todo parecía suficiente.
Recuerdo cuando me lo diste,
con esa ilusión que me hizo creer
que éramos eternos,
y no era solo el brillo del anillo…
era el brillo de tu mirada al verme,
ese que ahora no sé dónde quedó.
Cuando lo sostengo entre mis dedos
es como si sintiera que pesa más que antes,
como si cargara
todo lo que no fue,
todo lo que se nos quedó a medias.
Porque no es solo metal
eres tú en lo que prometiste,
en lo que no cumpliste,
en lo que yo todavía recuerdo.
Y duele…
porque lo atesoro
como si aún tuviera sentido,
como si guardarlo
pudiera traer de vuelta
la forma en la que me mirabas.
Pero no vuelve nada.
Solo queda este anillo…
y esta manera mía
de extrañarte en silencio,
de aferrarme a la única prueba
de que un día
me amaste de verdad.
Y qué ironía
que lo único que no se rompió
fue este anillo…
y no lo que prometía.
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