A dos noches de mis veinticuatro,
el pecho duele de tanta inercia.
El mundo se siente prestado;
existo rodeada de voces,
gente que mira pero no me ve,
porque nadie en este lugar
conoce el mapa de mi sensibilidad,
y no seré yo quien les escriba las instrucciones.
Me exijo funcionar,
sostener la mirada
en un mar de caras anónimas,
siendo apenas un fantasma que transita,
que vende y que se agota
por las calles de una ciudad sin mi memoria.
El frío de este otoño
se me mete en los huesos,
pero el verdadero hielo
es esta multitud que me rodea,
este vacío de ser solo una pieza más
en un engranaje que no frena.
Pero por las noches,
cruzo la puerta de esta casa que habito
y la coraza al fin se derrite.
Me recibe mi gata Ari,
quien me envuelve con su calidez
en el silencio de mis propias paredes,
decoraciones y aromas.
Me desmorono
en la tranquilidad de mi espacio seguro,
donde no tengo que fingir
ni estar alerta para el resto.
Sin embargo cuando el ruido exterior
se apaga por completo,
el eco de la soledad
empieza a trepar por los rincones,
arañando la garganta, espesando el aire.
Descubrir que la emancipación es este cuarto donde nadie sabe abrazar mi llanto
es un golpe seco que me rompe el corazón,
es saber que si me quiebro en mil pedazos,
el único testigo de eso
es la sombra de mi propia respiración.
Se me agolpan las mañanas frías de mayo.
Desde que tengo noción de la memoria,
mi familia me despertaba con un desayuno en la cama como si fuera una reina.
El amor era un rito a ciegas.
"Cerrá los ojos", me decían, y esa oscuridad era una cúpula mansa, conocida y en calma.
Yo acataba la orden
con la emoción latiéndome en el pecho,
sabiendo que al abrirlos
iba a estar ahí la vida entera:
mi papá, mi mamá, mi hermana, mis gatos.
Sonrisas de oreja a oreja rodeando mi cama,
y la certeza irrebatible
de que el mejor regalo eran ellos,
mirándome ser feliz
antes de tocar un solo envoltorio.
Ese calor intacto, esa devoción absoluta,
esa forma tan pura de ser mirada
y validada sin tener que pedirlo.
Siempre fui esta misma esencia.
La que se desarma
en un llanto vulnerable y demostrativo.
Soy la que siente hasta los huesos,
la que llora de amor y a la vez de injusticia,
la que lleva la piel
demasiado fina para este mundo.
Pero conservar intacta esta sensibilidad en el medio del desarraigo es una condena;
es sentir que cada día me arranca una capa de abrigo.
Duele saber que sigo siendo la misma nena que se emocionaba por todo,
pero que ya no tiene el colchón de esos brazos para caer cuando la realidad aplasta.
Faltan dos noches y el silencio aturde, se vuelve denso, casi sólido.
El frío de esta provincia ajena ya no está solo del lado de afuera de la ventana;
se instaló en las sábanas, en el pasillo, en la taza y en la mesa vacía a la hora de cenar.
Estoy viviendo el duelo de la nena que alguna vez fue reina, enfrentada a la mujer que hoy tiene que ser su propio reino en una tierra que no tiene su memoria.
Esa oscuridad que en mi cumpleaños era el refugio más dulce,
el preámbulo perfecto
de una fiesta llena de amor,
hace tiempo que mutó en una penumbra espesa que me pudre por dentro.
Cierro los ojos sobre este colchón helado,
buscando instintivamente la seguridad de aquel susurro familiar,
pero ya no hay voces aguardando en el borde de la cama.
No hay desayunos, ni coronas invisibles, ni expectativas de magia, ni sorpresas que demuestren qué tanto alguien me conoce
al menos una vez al año,
solo la asfixia de una tristeza que me devora el pecho y me nubla la mente.
Los veinticuatro llegan implacables,
pesando como una sentencia,
y hoy, cerrar los ojos ya no es aguardar el milagro de existir,
sino dejarme caer, a plomo, en el abismo absoluto de mi propia soledad.
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