A veces siento que todo en mí ocurre bajo una luz de hospital: fría, blanca, insoportable. Nada se oculta, pero nada se cura.
Aprendí a sobrevivirme, no a salvarme. Camino con el pecho abierto como quien no terminó de cerrar una herida y ya está sangrando otra.
No odio lo que me rompió. Ese es mi problema.
Lo sigo nombrando en silencio, lo sigo dejando entrar por rendijas invisibles.
No supe expulsarlo de mi cuerpo. Vive en mis reflejos, en mis regresos, en esta manera de amar con las manos atadas.
Yo quise creer. Siempre quiero creer.
Pero la fe se me pudrió en las manos.
Ahora toco con desconfianza, abrazo con cuidado, miro esperando la réplica del abandono.
Amar se me volvió un acto de riesgo.
Sentir, una ruleta.
Confiar, una forma lenta de suicidio.
Me volví experta en el desapego como mecanismo de defensa. Me voy antes. Elijo lo imposible. Huyo cuando algo empieza a parecer real, porque lo real exige quedarse… y yo ya no sé quedarme sin perderme.
He confundido demasiadas veces el deseo con el amor. El cuerpo con el hogar. La insistencia con la elección. Me he entregado creyendo que así me quedaban, y siempre me quedo yo sola, doblada en la orilla de una cama fría, preguntándome en qué momento volví a ser desechable.
Ser deseada nunca fue lo mismo que ser amada, pero tardé años en entenderlo.
Aún hoy, a veces, lo olvido.
Me buscan por la piel, no por el alma. Me desnudan con facilidad, pero nadie se queda cuando empiezo a hablar. Soy templo solo mientras no tenga voz.
El abandono no llegó una sola vez. Llegó por partes. En capas. En formas distintas. Se me instaló en el cuerpo como una enfermedad crónica. Por eso, cuando alguien se va sin decir nada, no solo se va esa persona: se van todas de golpe. Las antiguas. Las enterradas. Las que jamás sanaron.
Hay pérdidas que ni siquiera supe llorar.
Hay despedidas que no tuvieron forma.
Hay cuerpos que no vi, pero que pesan igual.
La muerte se me presentó como algo incompleto, inconcluso, imposible de procesar. El dolor quedó flotando, sin ritual, sin cierre, sin nombre propio.
Yo no rompí. Yo me fragmenté. Y sigo viviendo como si fuera normal andar repartida en pedazos.
Tengo miedo del futuro como se le tiene miedo a un cuarto oscuro: no por lo que hay, sino por no saber qué hay.
Miedo de no llegar.
Miedo de quedarme atrás.
Miedo de haber arruinado cosas que ya no tienen reparación.
Miedo de que el tiempo no me alcance para recomponerme.
Regresan fantasmas. Siempre regresan. Yo los dejo pasar un rato. Me prometo que esta vez es distinto. Que ahora sí no va a doler. Que ahora sí tengo control. Pero a la semana, al mes, al segundo, vuelve el mismo cansancio. El mismo vacío. La misma sensación de estar atrapada en un bucle que yo misma alimento.
Soy una contradicción constante:
quiero que me amen, pero no sé recibir amor.
Quiero que me elijan, pero huyo cuando lo hacen.
Quiero sentir, pero me anestesio.
Quiero soltar, pero sigo aferrada al eco de lo que fui con otros.
A veces creo que nací con el corazón mal programado. Que se inclina hacia lo que no se queda, hacia lo que hiere, hacia lo que se va. Que busco repetir la herida para entenderla, para dominarla, para que algún día deje de doler… y solo consigo abrirla otra vez.
No soy fría. Soy una acumulación de pérdidas que aún no aprendo a nombrar. No soy distante. Estoy cansada de despedirme. No soy difícil. Estoy rota en lugares donde nadie mira.
Y aun así sigo aquí. No por valentía. Por inercia. Por costumbre. Por terquedad. Respiro. Con torpeza. Con rabia. Con temblor. Creo. Aunque la fe llegue rota.
No estoy bien.
Pero sigo.
Y a veces, seguir es lo único que no me pudieron quitar.
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