El jueves por la noche supe,con una claridad que dolía, que hay frases que no se recuerdan: se encarnan.
Estábamos charlando con amigos, dejándonos llevar por esa deriva amable en la que los nombres de los poetas aparecen y se hunden como islas mal cartografiadas. Latinoamérica desfilaba sobre la mesa entre tereré y sandwichitos de miga, voces rotas, amores feroces, silencios aprendidos. Entonces alguien dijo la frase, así, sin levantarla del todo del aire: "Las palabras se me pegan en la boca" Y pasó algo raro, algo mínimo y definitivo, la conversación siguió, pero yo ya no estaba ahí.
Dije que era de Idea Vilariño. Lo dije como se dicen las cosas que uno desea que sean ciertas. Nadie pudo confirmarlo. Nadie la negó, ninguno se molestó en buscarla por internet, yo tampoco. La frase quedó suspendida, sin autor, como un perro esperando a alguien que ya no vuelve. Y yo me la llevé conmigo, sin saber por qué, como se llevan las piedras del bolsillo después de un naufragio.
Se me quedó dando vueltas en la cabeza durante horas. Después días. Hasta que entendí, medio tarde, como siempre, que no resonaba por su belleza, ni por su filiación literaria, sino porque hablaba de mí con una precisión obscena. Porque a mí también me pasa. Porque yo también tengo palabras que no saben irse.
La palabra cariño, se me pega en la parte interna del paladar. No se desliza, se adhiere. Queda ahí, tibia, insistente, como una hostia que no consagra nada. La palabra nostalgia es más astuta: se esconde en los surcos entre los dientes y aparece cuando uso el hilo dental, cuando creo estar limpiando y en realidad estoy despertando recuerdos. Cada sangrado mínimo es una escena del pasado que se niega a cicatrizar.
En los huesos se me aloja la pasión, dura, antigua, como si viniera de una vida anterior. Entre los órganos se repliega la esperanza, respirando despacio, sin hacer ruido, para no llamar la atención del fracaso. En los poros de la nariz se esconde la incomodidad, y emerge cada vez que el agua fría me golpea la cara, como si el cuerpo supiera que hay tristezas que solo reaccionan al shock.
He encontrado pedazos de palabras incrustados en las muelas. No es abandono, ni mucho menos, me cepillo los dientes todos los días, con una devoción casi religiosa, como si la higiene pudiera borrar la memoria. Pero no salen. Están ahí, encajadas, como restos de conversaciones mal cerradas, como sílabas fósiles de cosas que quise decir y no dije, o que dije demasiado tarde.
A mí también se me pegotean las palabras. Se me enchastran. Se me vuelven espesas. Se me chorrean por la comisura de los labios cuando la emoción corre más rápido que el pensamiento. Hay palabras que me desbordan, que mi mente no alcanza a procesar antes de que el cuerpo las expulse. Y entonces manchan.
La calma viaja por mi cuello como un animal manso, lento, casi doméstico. El miedo, en cambio, toma siesta en el pecho, se estira, ocupa espacio. Las palabras recorren mi cuerpo como si lo conocieran de memoria, dejan marcas en los labios de mis amantes, se filtran en la piel, recuerdan todo lo que digo con una precisión despiadada. Nada se pierde. Todo queda registrado. Las palabras son archivo y condena, pero también rezo, también pedido desesperado de auxilio.
Por mis piernas sube el pánico, trepa, se esconde justo donde vive el miedo más antiguo, el miedo a que me quieras, a que me quieran, a quererme. Porque querer no es un gesto, es una intemperie. Y hay palabras que no duelen por lo que nombran, sino por lo que prometen.
La palabra cariño vuelve a subir por la garganta como la bilis. Quema. Se atasca en las cuerdas vocales. No puedo decirla en voz alta. No puedo pronunciar qué quiero. Que te quiero. Que me quiero. La boca sabe, el cuerpo insiste, pero la voz se detiene, como si decirlo fuera sellar un destino irreversible.
Entonces llega el giro, silencioso, casi imperceptible, como llegan las verdades que no quieren asustar: no importa de quién era la frase. Nunca importó. No necesitaba autor porque no era literatura, era anatomía. No hablaba de poesía, hablaba de este cuerpo mío que archiva palabras como quien guarda cartas sin abrir, de esta boca que no calla por pudor sino por exceso, por saturación de sentido.
Las palabras no se me pegan porque no sepan salir.
Se me pegan porque ya entendieron que acá adentro, aunque duela, todavía hay un lugar donde quedarse.
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