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Anarquismo espiritual o del ridículo del voto como acto político

Santiago

Oct 24, 2025

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Anarquismo espiritual o del ridículo del voto como acto político
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La política y las organizaciones de los Estados han lidiado con los más arduos problemas desde el momento en que abandonamos nuestra existencia como cazadores y recolectores: la sobrepoblación, los impuestos, las guerras, la corrupción, entre otros.

Así, las motivaciones fundamentales de la política podrían resumirse en la supervivencia, el miedo al enemigo externo e interno, la necesidad de expansión y control; en una palabra, el poder.

La vocación materialista de Occidente, nacida con la agricultura y las jerarquías necesarias para administrar los recursos y defender las cosechas, dio origen a las tecnologías destinadas a dominar la naturaleza, a la técnica como valor supremo y, finalmente, a los administradores públicos.

Con el advenimiento de la democracia surgió una nueva exigencia moral: elegir representantes capaces, inteligentes y dotados de ideas justas. El debate y la discusión se convirtieron en el eje de la vida pública de las sociedades occidentales.

Sin embargo, todo esto ha demostrado ser un fracaso. Cientos de hombres y mujeres con las más destacadas credenciales intelectuales y trayectorias administrativas han fallado en cumplir las promesas de la democracia y han revelado una grotesca faceta de la naturaleza humana: la corrupción, quizás el más grave de los pecados.

Toda su inteligencia, sus estudios en Harvard o su vida llena de privilegios les otorgaron saber técnico, pero no les enseñaron aquello que nuestra tendencia materialista ha relegado: el desarrollo moral, espiritual y de conciencia, atributos indispensables en quien aspira a gobernar.

Este es uno de los errores más profundos de la democracia y, en general, de todos los sistemas políticos de las sociedades agrarias: la política requiere de seres que hayan explorado las profundidades de su interioridad, que hayan tocado las miserias de su sombra y comprendido su lugar en el mundo como individuos al servicio de la colectividad humana.

Solo quien ha enfrentado las inmundicias de su ego puede ser digno de ocupar un puesto de liderazgo.

Un individuo con un ego infantil, desconectado de sus imágenes internas o inconsciente de sus motivaciones, será devorado por la bestia del Estado y transformado en ella.

No basta con saber lo que hay que saber en el nivel racional: saber y no hacer es lo mismo que no saber. Nuestras sociedades han olvidado que un individuo no es solo su conocimiento, sino también su ética; y que la ética depende de la claridad con que uno ve su propio ser y su lugar en el universo.

En una democracia verdaderamente desarrollada, no solo se pondrían a prueba los méritos intelectuales, sino acaso con mayor rigor los méritos espirituales. La política lo exige, porque gobernar es una de las más altas responsabilidades humanas: administrar la vida de millones de personas de manera sabia y justa.

Por eso, cualquier presidente debería dominar ciertos aspectos esenciales: el control del cuerpo a través de la práctica de algún deporte, la formación filosófica e intelectual, el autoconocimiento y la exploración del inconsciente, la meditación y el arte, y vivir en carne propia la vida que llevan los más miserables de sus ciudadanos.

En esta democracia ideal, antes de tener la opción de ser elegido por voto popular, el individuo debería hacerse digno de tal honor.

Por eso renuncio al voto y a la democracia: siento disgusto al imaginar la interioridad de cualquier político, y repulsión al pensar que en sus manos he puesto el derecho de decidir el destino de mi madre, de mis amigos y de mis conciudadanos.

La democracia es un juego de animales parecidos al hombre, como decía Don Fernando González a propósito de los colombianos.

Imagen: “Political Corruption”, caricatura de Louis Dalrymple (1894). Dominio público.

Santiago

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