Siempre fui un desastre recordando los nombres de las parejas, salientes, amigas con beneficios o tires de una sola noche de mis amigos. Quizá porque sé que, en la mayoría de los casos, no las volveré a ver nunca más. Y si las vuelvo a ver, probablemente será solo durante los seis meses que dure la relación antes de que alguno termine engañando al otro, bloqueándolo de Instagram o publicando frases sobre el amor propio.
Por eso me parece mucho más práctico —y divertido— recordarlas por los apodos internos que les pongo para identificarlas rápidamente: la Ambulancia, la Ramones, la Pollera, la Chimuela, la Troglodita, Miss Inframundo, Scabbers, la Tarapotona, la Vaquerita y otras pobres mujeres que probablemente jamás supieron que, dentro de nuestro grupo, habían sido bautizadas con nombres que ninguna madre aprobaría.
Los apodos tenían una función.
Nos permitían identificar rápidamente de quién hablábamos sin tener que memorizar nombres, apellidos o detalles innecesarios. Ejemplo:
—¿Te acuerdas de Daniela?
—¿Cuál Daniela?
—La que salía con Miguel.
—¿La del colegio?
—No. La vende pollo en el mercado.
—¡Ah, la pollera!
Problema resuelto.
Hace no mucho, Federico y yo estábamos haciendo las compras semanales para el departamento en el supermercado Wong de La Aurora. Comparábamos el precio de las cervezas, discutíamos si realmente necesitábamos comprar otro paquete de papel higiénico y tachábamos de la lista las cosas que faltaban en la alacena, cuando recibí una llamada inesperada.
Miré la pantalla.
Era Karlos.
Karlitos, para quienes ya lo conocen por mis otras historias —y para quienes no, les toca conocerlo ahora—, es uno de los integrantes más queridos de mi grupo de amigos. Lo conozco desde el colegio. Es carismático por naturaleza, bailarín por destreza e inocente por desgracia.
Curiosamente, Karlitos siempre fue el integrante del grupo que mejor se llevaba con nuestras enamoradas. Todas terminaban encariñándose con él. Tenerlo presente en una reunión, fiesta o discoteca era una risa garantizada. Karlitos no necesitaba hacer demasiado para ganarse a la gente. Le bastaba con ser él: bailar, sonreír con sus grandes dientes y decir alguna estupidez con una seguridad envidiable.
Sin embargo, en más de trece años de amistad, ninguno de nosotros llegó a conocerle una novia oficial.
Me corrijo.
Nunca había visto a Karlitos realmente enamorado.
Sí lo había visto con alguna mujer para soportar el frío del invierno o para alguna actividad recreativa de una sola noche, pero enamorado, enamorado, jamás.
Karlitos es uno de esos amigos de los que uno suele decir:
“No será la persona más agraciada del mundo, pero tiene un lindo corazón”.
Le mostré la pantalla del celular a Federico, activé el altavoz y contesté.
—¡Dímelo, Karlitos! ¿Qué pasó, hermano?
Del otro lado se escuchó una exhalación profunda.
—Kaito… ¿andas en tu departamento en este momento? —preguntó con una voz extrañamente apagada.
—No, Karlitos. Estoy comprando unas cosas con Federico. ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
Hubo unos segundos de silencio.
—No, huevón… Eva… Eva me terminó.
Se escuchó cómo aspiraba por la nariz, intentando evitar que se le escapara un moco junto con el llanto.
Silencié inmediatamente la llamada.
Miré a Federico.
—Huevón, ¿quién carajos es Eva?
Federico se quedó pensando rápidamente.
—¡Ya sé! Es la flaca de la que Karlitos se pasó hablando toda la noche el día de mi cumpleaños. Creo que estaban saliendo formalmente o algo así.
—Puta… qué raro. No me acuerdo de nada de eso.
—¿Cómo te vas a acordar, chino? —se rio—. Te pasaste todo mi cumpleaños encerrado con Lucy en tu cuarto. Ni para cantarme el “Feliz cumpleaños” salieron, huevón.
Me reí al recordarlo, aunque no orgullosamente. Le hice una seña para que se callara y volví a activar el micrófono.
—Puta madre, no me digas eso, Karlitos… —dije intentando sonar como el amigo comprensivo que claramente no sabía quién era la mujer que acababa de romperle el corazón.
—Sí, huevón. Necesito distraerme. ¿Andas libre más tarde?
—Para ti siempre hay tiempo, Karlitos. Ahora mismo convoco a la gente para que te acompañemos.
—Gracias, Kai. ¿Te parece si caigo a tu casa a eso de las diez?
—Queda, rey. Ahí te esperamos.
Cuando volvimos al departamento con las compras, Federico y yo limpiamos la sala y empezamos a escribir por WhatsApp para convocar a los integrantes disponibles del grupo a una noche de apoyo emocional varonil.
Confirmaron Wilmer y Branco.
Federico me preguntó si sería buena idea comprar alcohol.
Mi respuesta fue un rotundo no.
Detesto beber los días de semana. No tolero trabajar con resaca ni andar de mal humor por culpa de una decisión tomada seis horas antes. Les confieso sin vergüenza que tengo el alma de un señor cascarrabias de cincuenta años, viudo y tres veces divorciado, encerrado dentro del cuerpo escuálido de un asiático de veintisiete.
Federico escuchó mi respuesta y me hizo una contrapropuesta tendenciosa:
—Chino… ¿y si le metemos unos porritos? Me quedaron unos gramos de la vez pasada que fumé con una flaca.
No es que mis amigos y yo seamos unos drogadictos perdidos por la vida. Nos gusta decirlo de una manera bastante más refinada: consumimos marihuana recreativamente.
Es decir, nos drogamos, pero con elegancia y cierta periodicidad.
—Pero tú no sabes armar porros, huevón —le dije.
—Relájate, chino. ¿Qué tan difícil puede ser? Me veo unos videítos en TikTok y problema resuelto.
Lo dijo con la soberbia de alguien que nunca había armado un porro y que, media hora después, iba a descubrir que enrollar papel es un arte.
De todas formas, la propuesta no me pareció tan mala.
Si Karlitos iba a contarnos una desgracia, ¿por qué no escucharla de una manera un poco más graciosa?
Treinta minutos después, mientras me duchaba, escuchaba desde el baño las carajeadas de Federico porque se le desarmaban los porros una y otra vez.
—¡La puta de su madre! —gritaba desde la sala.
Yo me reía bajo el agua.
Cuando terminé de bañarme, Federico había conseguido armar tres porros deformes. Uno parecía un olluco. Otro parecía una flauta. El tercero tenía una curva inexplicable, como si tuviera forma de dedo mutilado.
La futura terapia para Karlitos iba por buen camino.
A las diez de la noche llegaron Karlos, Branco y Wilmer. Fueron sorprendentemente puntuales.
Cuando entraron, descubrí que Wilmer había traído happy brownies para él y Karlitos. Y sí: si Wilmer tiene la posibilidad de drogarse comiendo, créanme que esa será siempre su primera opción. Si algún día inventan cocaína en forma de pollo broaster, Wilmer será el primero en caer.
Karlitos también prefirió el brownie porque sufría de los pulmones y sus doctores le habían prohibido tajantemente fumar. No queríamos que por superar una ruptura terminara ingresando por emergencia respiratoria.
Nos sentamos alrededor de la mesa, pusimos música y empezamos a hablar de cualquier tontería mientras esperábamos que hicieran efecto el brownie y los porros.
Durante esos minutos empecé a cuestionarme si realmente había sido buena idea drogarnos para escuchar el desahogo amoroso de Karlitos.
Wilmer fue el primero en viajar.
Por alguna extraña razón que la ciencia todavía no ha podido explicar, a Wilmer consumir marihuana le produce el mismo efecto que a otras personas ingerir hongos alucinógenos.
—Chicos, chicos… siento que estoy flotando —dijo mirando sus manos.
Minutos después:
—¡No siento mis pies!
Y luego:
—¡Fede, mírame la cara! Creo que se me está cayendo un ojo.
Otro de los efectos que le produce la marihuana a Wilmer es que se vuelve extremadamente sensorial. Empieza a sentir vibras, energías, presencias y movimientos astrales. Curiosamente, eso también me pasa a mí. Es el único momento de nuestras vidas en el que siento que Wilmer y yo realmente nos entendemos. Dejamos de insultarnos por un instante y conectamos en un plano espiritual donde él sigue siendo gordo, pero un gordo iluminado, bendecido y profundo.
Federico se volvió todavía más hablador de lo normal y se reía de cada estupidez que decía Wilmer.
Branco, que era el encargado de la música, empezó a revelar sus gustos ocultos. Puso canciones hindúes y comenzó a mover los brazos tratando de imitar una danza de Bollywood.
Karlitos se reía de todo.
Pero en los ojos todavía se le notaba la tristeza. Esa impaciencia de alguien que necesita hablar, pero que ha venido a pedir auxilio y encuentra a sus amigos viajando por cinco dimensiones distintas.
Federico logró darse cuenta.
—¡Muchachos! —dijo levantando la voz—. El motivo de esta reunión es escuchar la historia de Karlitos. Ya, Karlitos, cuenta.
Le dio una palmada en el hombro.
Karlos inhaló profundamente, miró a cada uno de nosotros, se humedeció los labios secos con sus enormes dientes y comenzó:
—Bueno, mucha…
Wilmer explotó de la risa antes de que terminara la frase.
No sé qué fue exactamente lo que le causó gracia. Quizá la palabra “mucha”, quizá las cejas despobladas de Karlitos, quizá una revelación cósmica. Pero su risa fue tan estúpida y contagiosa que todos terminamos riéndonos con él.
Karlitos también se rio, aunque seguía teniendo la tristeza pegada a los ojos.
Wilmer se disculpó.
—Perdón, Karlitos. Continúa, Continúa. Te escuchamos.
Karlitos respiró otra vez.
—Bueno, muchachos, como ya sabrán, Eva y yo llevábamos saliendo como tres meses. Todo iba muy bien, pero volvió a recaer con la depresión que sufría. Por eso me dijo que termináramos hace un mes.
Levanté la mano.
—Espera, espera. ¿Cómo que hace un mes?
—Sí… me terminó hace un mes —respondió con tristeza.
—¿Y recién hoy estás así?
—Es que hoy me dijo que ya no quería intentarlo nunca más.
Branco intervino:
—¿Y por qué le dio depresión?
Karlos lo miró con total seriedad.
—Porque estaba triste.
Federico explotó de la risa.
—¿¡Oe, Karlitos, eres idiota!? Obviamente, si tiene depresión va a estar triste. Te está preguntando si sufrió algún trauma, una pérdida, algo fuerte.
—¡Ah! —exclamó Karlos.
Se quedó pensando unos segundos.
—Puta… no sé. Así vino por default.
Todos nos echamos a reír.
Karlitos continuó:
—Bueno… yo le dije a Eva que mejor nos tomáramos un tiempo.
—Pero si ella te estaba terminando —lo interrumpí—. No te estaba pidiendo un tiempo.
Karlos se quedó mirándome.
—Ah… ¿sí, no?
En ese momento exploté y no paré de reír.
Entré brevemente en conciencia y comprendí que no iba a poder tomarme en serio la historia de Karlitos estando completamente drogado.
Para no seguir interrumpiéndolo, me levanté.
—Voy un rato a la cocina a servirme agua.
Lo que realmente necesitaba era alejarme de Karlitos, controlar mi risa y recordar que estábamos ahí para consolarlo.
Pero Karlitos también se levantó.
—Tranqui, Kaito. Te acompaño.
Wilmer volvió a reírse fuertemente al darse cuenta de que mi plan había fracasado.
En la cocina, mientras bebía agua, Karlitos sacó de su mochila un táper con chaufa de mariscos que había preparado en el restaurante donde trabajaba.
Lo calentamos en el microondas.
Le di una primera probada.
Luego una segunda.
A la tercera sentí un orgasmo en el paladar.
Mientras masticaba pensé:
Eva, eres una cojuda. ¿Cómo vas a terminar con mi Karlitos? Con esas manos gruesas, casi sin uñas, capaces de preparar tremendo manjar de los dioses. Qué importaba que fuera inocente, despistado o que creyera que la depresión existía porque la gente estaba triste. Ese hombre hacía un chaufa que podía excitarme con solo olfatear el plato.
Llevamos el plato a la mesa.
Todos empezamos a picar y a felicitarlo por lo bien que cocinaba. Mientras cada uno le daba palabras de ánimo, Wilmer aprovechaba para meter un bocado extra sin que nadie lo notara. O creyendo que nadie lo notaba. Era impresionante ver cómo acompañaba emocionalmente a Karlitos mientras desaparecía la mitad de su comida.
Después de comer, Karlitos logró continuar.
Nos contó cómo había conocido a Eva, a qué se dedicaba, qué le gustaba de ella, qué no soportaba, los seis años de diferencia que se llevaban y los momentos más felices que habían vivido juntos.
Recuerdo todo, pero no con demasiada profundidad. La marihuana convirtió algunos detalles en manchas borrosas. Lo que sí tengo grabado es el momento en el que Karlitos terminó de contar su historia.
Lloraba de frustración.
Parecía pedirnos, sin decirlo, que lo abrazáramos. Se golpeaba el pecho con fuerza, miraba al techo y gritaba con toda la fuerza que le quedaba:
—¡Maldita! ¡Maldita! ¡Maldita!
Las lágrimas se le acumulaban entre los párpados y sus gruesos labios temblaban. No era gracioso. O al menos no debía serlo. Nuestro amigo estaba sufriendo de verdad.
Pero después de diez largos minutos escuchándolo repetir:
—¡Maldita! ¡Maldita! ¡Maldita!
La frase empezó a adquirir cierta gracia.
Wilmer fue el primero en acompañarlo:
—¡Maldita! ¡Maldita! ¡Maldita!
Luego Federico.
Después Branco.
Finalmente yo.
Terminamos todos gritando con Karlitos, como si fuéramos el coro de una sinfónica de hombres drogados y emocionalmente incapacitados para comprender a las mujeres:
—¡MALDITA! ¡MALDITA! ¡MALDITA!
Karlitos lloraba.
Nosotros gritábamos.
Wilmer comía.
Branco movía los brazos como bailarín hindú.
Media hora después, Karlitos se quedó dormido sentado en su silla. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, como un wachimán cubriendo el turno de madrugada.
Los demás empezamos a hablar de otros temas, principalmente de las ocurrencias de Branco: su maniática teoría sobre la única manera correcta de doblar el papel higiénico antes de usarlo, sus fallidas técnicas de seducción para conquistar mujeres en el gimnasio y otras revelaciones.
Hasta que Wilmer miró a Karlitos y señaló:
—Oe, oe… miren a Karlitos. Parece una gárgola.
Todos volteamos.
Y sí.
Karlitos estaba sentado en pose de gárgola: brazos cruzados, ceño fruncido, ojos cerrados con demasiada fuerza. Estaba pálido. Increíblemente pálido. Como si Eva no solo le hubiera roto el corazón, sino que le hubiera chupado toda la sangre.
Federico se acercó.
—Karlitos, ¿estás bien?
No respondió.
—Creo que le ha dado la pálida, carajo —dije.
Federico empezó a frotarle suavemente la espalda.
De pronto, Karlitos abrió bruscamente los ojos.
Su palidez empezó a volverse amarillenta.
Los cachetes se le inflaron.
Wilmer se levantó del sofá y gritó:
—¡Carajo! ¡Carajo! ¡Quiere vomitar!
Todos nos alejamos automáticamente.
El cariño tenía límites. Y uno de esos límites era ser bañado por el vómito de Karlitos.
—¡Karlos, si quieres vomitar, anda al baño! —le grité.
Se levantó tambaleándose y corrió en dirección al baño de mi habitación.
—¡A mi baño no! ¡Ve al de Federico, Karlitos!
Karlos cambió de dirección.
Federico reaccionó de inmediato:
—¡Conchatumare, chino! ¡A mi baño tampoco, Karlitos!
—¡Ve al lavadero de la lavandería! —gritó Wilmer, encontrando por fin una solución.
Karlitos, ya casi al borde del desmayo por contener el vómito, corrió hacia la lavandería.
Llegó al lavadero.
Vomito todo.
Nosotros intentábamos sostenerlo por la espalda mientras girábamos la cara para no ver demasiado de cerca el chaufa de mariscos que minutos antes habíamos considerado una obra de arte.
Cuando parecía que finalmente había terminado, Karlitos levantó un poco la cabeza. Tenía los ojos llorosos, el rostro pálido y no le quedaban fuerzas ni para mantenerse de pie.
Entonces, casi balbuceando, pronunció sus últimas palabras de la noche:
—Maldita… maldita… maldita…
Nosotros nos miramos, nos reímos y volvimos a acompañarlo por última vez:
—¡Maldita! ¡Maldita! ¡Maldita!
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