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Amor hipervigilante

Jul 22, 2025

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Amor hipervigilante
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Hay heridas que no sangran, pero igual te cambian. Heridas que no se ven, pero que están ahí, justo debajo de la piel, recordándote todo lo que te rompió. A veces, no es un golpe lo que te marca, sino la forma en la que alguien te dejó de mirar. O peor: cómo te miraba mientras te hacía pedazos y decía que te amaba.

Sé que pasó de a poco, como esas paredes que se llenan de humedad hasta que un día se caen solas. Lo nuestro era amor, al menos eso creía. Pero el amor, cuando duele todo el tiempo, deja de ser amor y se vuelve castigo. Lo entendí tarde. Lo entendí después de quedarme demasiado tiempo, de inventar excusas para no ver lo evidente, de convertir cada señal de alarma en un “quizás soy yo”.

Ella me engañó al mes de estar juntos. Y aún así, seguí. Como si con el tiempo las mentiras se pudieran olvidar, como si el cariño pudiera anestesiar el dolor. Pero no. Lo que pasó es que empecé a necesitar que me eligiera, una y otra vez. Me volví adicto a su validación, a su atención, a su presencia intermitente. Me empecé a perder, hasta que ya no sabía si el que hablaba era yo o un reflejo ansioso de lo que ella quería escuchar.

Empecé a actuar la seguridad. Me puse una máscara de tipo duro, frío, que no se inmuta. Pero por dentro, era un osito de peluche a punto de deshacerse. Tenía el autoestima tambaleando, como si todo mi valor dependiera de si ella me escribía o no, de si me tocaba con deseo, de si me decía que me quería. Y cuando no lo hacía, me volvía loco. “¿Será que ya no le gusto?”, “¿Estoy siendo muy intenso?”, “¿Me está por dejar?”. Todo el tiempo me autocensuraba, regulaba mis gestos, mi afecto, mi necesidad, para no parecer un pesado.

Con el tiempo, cada muestra de cariño se volvió una amenaza. Porque si hoy me quiere, mañana puede dejar de hacerlo. Así empecé a arruinar cada relación que vino después. Si alguien me daba afecto, dudaba. Si alguien se alejaba un poco, confirmaba mis miedos. Estaba roto, y como no sabía cómo amar desde la calma, me acostumbré a vivir desde la alerta.

Me costó entender que eso también es un trauma. Que una relación tóxica no termina cuando la relación se corta, sino cuando lográs salir mentalmente de ese campo minado. Cuando dejás de asociar el amor con sufrimiento, la atención con control, el deseo con manipulación.

Mi psicóloga me dijo una vez que el cerebro no sabe distinguir entre un peligro físico y uno emocional. Que cuando alguien te manipula, te miente o te maltrata, tu cuerpo reacciona como si estuvieras ante una amenaza real. Se activa el eje del estrés, te llenás de cortisol y adrenalina, y aprendés a vivir con el sistema nervioso encendido. Por eso cuesta tanto después. Porque incluso cuando estás con alguien bueno, tu cuerpo sigue esperando el golpe.

Y lo peor es que empezás a pensar que el problema sos vos. Que tenés un defecto. Que no merecés algo sano. Que si te dejaron es porque no fuiste suficiente. Que si te dolió, es porque eras demasiado débil. Así, el daño se internaliza. Y ya no necesitás que nadie te lastime: vos solito empezás a lastimarte.

El amor propio no se recupera de un día para el otro. Y es que no se trata solo de “superarla”, como te dicen. “Dejala atrás, ya fue, salí con otra”, te aconsejan. Pero no es tan simple. Porque lo que queda después de una relación así no es una ausencia, es un vacío que no sabés cómo llenar. Un hueco donde antes había confianza, esperanza, seguridad.

Y duele más cuando sentís que nunca te terminaron de ver. Que diste todo lo que tenías y aún así no alcanzó. Y ese “no alcanzar” se transforma en un eco permanente. Empezás a buscar aprobación en todos lados, a medir tus palabras, tus emociones, tu deseo, para no “espantar” a nadie. Pero en el fondo lo que pasa es que ya no confiás ni en vos.

En mis peores días, incluso rodeado de afecto, no podía sentirlo. Como si estuviera desconfigurado. Me tocaban, me decían cosas lindas, y yo pensaba: “esto va a terminar pronto”. Porque para mí el amor no era una certeza, era una bomba con cuenta regresiva. Así de jodido te puede dejar alguien.

¿Se puede sanar? Creo que sí. Pero no como te imaginás.

No hay un día en que te despertás “curado”. No hay una nueva pareja mágica que te repara. No hay una epifanía súbita. Lo que hay es un proceso. Lento. Doloroso. Repetitivo. A veces volvés a tropezar. A veces saboteás. A veces llorás por cosas que creías superadas. Pero poco a poco empezás a cambiar.

Primero, entendés que no fue tu culpa. Que fuiste víctima de alguien que jugó con vos. Que tu amor no fue débil, fue valiente. Que quedarte no fue cobardía, fue esperanza. Y eso ya es un alivio.

Después, aprendés a darte lo que antes esperabas de otros. A hablarte con respeto, a no odiarte por sentir. A dejar de perseguir a quien no te elige, y empezar a elegirte vos. Y cuando alguien bueno aparece, aunque al principio desconfíes, hacés el esfuerzo. Te exponés. Te mostrás.

Y ahí empieza la verdadera sanación: cuando alguien te abraza, y vos no salís corriendo. Cuando alguien se queda, y vos lo empujás para que se vaya. Cuando alguien te quiere, y vos no necesitás hacer nada más que ser vos.

Hoy sigo lidiando con muchas de esas heridas. Todavía me cuesta creer que puedo ser querido sin tener que esforzarme. Todavía me descoloca cuando alguien es tierno conmigo. Todavía tengo días en los que la inseguridad me muerde los talones.

Pero ya no soy el mismo.

Me gusta pensar que soy alguien en proceso.

No todas las personas que pasan por una relación tóxica logran ponerlo en palabras. Muchos se tragan el dolor, lo transforman en rabia, en indiferencia, en cinismo. Pero cada uno de ellos carga con la misma verdad: alguna vez creyeron que el amor podía salvarlos, y lo que recibieron fue una caída libre.

Si alguna vez estuviste ahí, y sobreviviste, sabés lo difícil que es volver a confiar. Pero también sabés que es posible.

Porque el amor no tendría que doler. No tendría que hacerte dudar de tu valor. No tendría que volverte alguien que ya no reconocés.

El verdadero amor te reconstruye. Pero para que eso pase, primero tenés que elegir dejar atrás lo que te rompió.

Marcelo Bebyh

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