14/2/26
Hoy, en el día del amor, las vidrieras están llenas de corazones simétricos. Todo parece simple: flores, promesas, fotos sonrientes. Como si amar fuera una superficie prolija donde nada se rompe.
Pero yo sé que no es así.
Hoy, en el día del amor, pienso en lo que el amor realmente hace. No en lo que promete. No en lo que vende. Sino en lo que deja.
Rara vez el amor solucionó algo.
No arregló mis miedos.
No ordenó mis contradicciones.
No cerró las heridas que yo mismo no sabía nombrar.
Y sin embargo…
Sin embargo, el amor iluminó esas heridas.
Las señaló con una linterna suave y me dijo: “esto también sos vos”.
Rara vez el amor fue estabilidad.
Fue más bien movimiento.
Un temblor.
Una conversación interna que no me dejó volver a ser exactamente el mismo.
Amar me hizo sentir invencible algunas noches.
Y profundamente frágil a la mañana siguiente.
Me hizo querer quedarme.
Y también salir corriendo.
Pero hay algo que no puedo negar: cada vez que amé, algo en mí se volvió más verdadero.
No más perfecto.
No más fuerte.
Más verdadero.
El amor no me salvó.
No me resolvió la vida.
No me evitó el dolor.
Pero me despertó.
Y quizás de eso se trata.
Hoy, en el día del amor, no quiero celebrarlo como una solución.
Quiero celebrarlo como un acto de valentía.
Porque, como escribió Patricia Highsmith en sus diarios:
“El amor es atreverse a correr el riesgo de ser herido.
Amar en realidad es resultar herido una y otra vez, y aun así intentarlo de nuevo.
Quizá el amor es, sobre todo, valentía y también generosidad.”
Y eso —aunque incomode— siempre valió la pena.
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