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Amor de dos pesos

gabo

Jun 27, 2025

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Amor de dos pesos
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A veces me pregunto ¿Quién me mandó a estudiar derecho? La verdad, no sé que tenía en la cabeza, cuando veo todos mis libros de leyes desparramados por la cama, me dan ganas de tirarlos a la basura. Me hubiese dedicado a la música y hoy sería famoso como Nirvana, esos tipos sí que saben.

De pronto un bocinazo me saca de mis pensamientos, y escucho a alguien que me llama.

- ¡Miguel, dale baja, apúrate! -

Ahí está mi amigo Juan, siempre escandaloso e inoportuno, a donde sea que vamos me hace pasar vergüenza, vamos a la plaza, me hace pasar vergüenza, vamos a comprar, también me hace pasar vergüenza. A pesar de todo es un gran amigo.

- ¡Ahí bajo! - Le dije asomado desde la ventana de mi cuarto desde un primer piso.

- ¡Y deja de gritar que mi vieja está durmiendo!

¿Qué querrá a estas altas horas de la noche? Me preguntaba mientras me ponía la camisa y bajaba.

- ¿Qué pasa Juan?

- Dale subí al auto que nos vamos a una joda.

- Pará, que no le avise a mi vieja.

- No importa, subí.

Me subí al auto y nos fuimos en dirección al boliche.

Íbamos media hora de viaje cuando me di cuenta de que me olvidé de ponerme el perfume que me regalo mi viejo. También no tenía un mango porque me los gasté todo en fotocopias para la facu. Solo en mi bolsillo derecho de la camisa tengo dos pesos

miserables que me quedó de un vuelto de una pizza que compramos con mis viejos mientras mirábamos la final del mundial de Italia. Por cierto, una final triste.

- Llegamos - Dijo Juan mientras bajaba del auto.

Cuando ingresé al boliche inmediatamente me quedé asombrado con la belleza de una chica que estaba en una esquina de la barra. Tiene ojos claros, pelo castaño, y una sonrisa hermosa.

- Te gusta la chica esa ¿No? Anda y pedile su número de teléfono.

- ¿Tendrá teléfono?

- Estamos en los noventa ¿Quién no va a tener teléfono?

- ¿Pero primero no la tengo que sacar a bailar?

- Jajaja como se nota que sos nuevo en esto.

Me dirigí hasta el lugar donde se encontraba la chica.

- Hola... ¿Qué tal?

- Hola - Me respondió muy seca como mis bolsillos en este momento.

- ¿Quieres venir a bailar conmigo? - Le pregunte mientras Juan estaba expectante.

- Si, bailemos - Para mi asombro me respondió.

La tome de la mano y nos fuimos a bailar. Así estuvimos gran parte de la noche hasta que me atreví a preguntarle.

- ¿Me pasas tu número de teléfono?

Es que esta chica es tan dulce, y me dan ganas de estar todo el tiempo con ella. Durante el baile charlamos, nos reímos y de a ratos descansábamos a tomar algo.

Me olvidé de mi amigo que entre tanta gente lo perdí de vista. Es que mis sentidos estaban puestos en esta adorable señorita. Por cierto, vino sola al boliche y me contó que estudiaba para ser odontóloga y que vivía algo así como en un departamento de Palermo con otras dos amigas.

- Si, ¿Dónde te lo escribo?

Me fijé dentro de los bolsillos del pantalón y la camisa si tenía un papel para escribir, pero lo único que encontré fue un miserable billete de dos pesos.

- Toma, lo único que tengo es este billete escríbelo ahí.

- ¿Seguro?

- Si, si no pasa nada.

La chica procedió a escribir el teléfono en el billete.

- Toma aquí está mi número, yo ya me tengo que ir, esperaré tu llamada.

Se acercó y me dio un beso en la boca y me quede paralizado. Sus labios sabían a chicle de frambuesa, cuando reaccione ella ya estaba subiéndose a un taxi. Acto seguido guardé el billete como un tesoro valioso en el bolsillo de la camisa, miré a mí alrededor y comencé a buscar a Juan para comentarle mi gran noche.

Lo malo de salir a bailar es la vuelta a casa, los bondis que no te paran porque ven una gran cantidad de pibes en la parada y si llegas a subir a uno viajas apretado como ganado.

Estábamos esperando el colectivo porque Juan había tomado mucho y le era imposible manejar.

A él le dolía la cabeza y la verdad no sé si es por el alcohol o porque yo no pare de hablarle de la chica, entonces me dice que vayamos a un kiosco a comprar una aspirina. Caminamos como cinco cuadras y mis pies estaban que explotaban, aunque cuando me acuerdo de ella el dolor vale la pena.

- ¿Y cómo se llama la chica? - Me preguntó Juan.

- ¡María! - Le respondí mientras pensaba en ella.

Que de vueltas que tiene la vida, ayer en la noche estaba en casa recostado sobre mi cama envuelto en libros de leyes y hoy seis de la mañana estoy con mi amigo Juan buscando un kiosco para el dolor de cabeza. Y en el medio, pase una noche maravillosa con María.

- Acá hay un kiosco - Dijo Juan.

- Excelente dale compra la aspirina así vamos a casa, estoy cansado y quiero dormir para soñar con ella.

- Pará, pará Romeo que me faltan dos pesos para la aspirina ¿Tenes algo ahí?

Yo hipnotizado mirando como las nubes negras se juntaban en el cielo, pensaba ¿Ya habrá llegado a su casa? ¿Estará pensando en mí? ¿estará esperando que la llame?...

- ¿Y Miguel, tenes dos pesos?

- Ah, sí, sí. toma.

Saqué el billete que tenía en el bolsillo de la camisa y se lo di.

Mientras volvíamos a la parada del colectivo, Juan me preguntó.

- ¿Tenes el número, de la chica? Porque si lo tenés podes saber dónde vive, por los primeros números del teléfono.

- Sí, sí lo tengo.

Busqué dentro del bolsillo de la camisa y del pantalón el billete en donde había anotado el número. Pero fue en vano, no encontré nada, un balde de agua fría cayó sobre mi cuando recordé que el billete que tanto buscaba se lo había entregado a Juan para que compre las dichosas aspirinas. No lo pensé dos veces salí corriendo hacia el kiosco para recuperar el billete.

- ¿Dónde vas Miguel? - Escuche a lo lejos el grito de Juan, pero ya estaba a dos cuadras de distancia.

Llegué al kiosco y le pregunté al vendedor.

- ¿Usted no tiene un billete de dos pesos que tiene marcado un número de teléfono? Mi amigo acaba de comprar una aspirina con ese billete.

- No, no sé, pasaron cinco personas después de ustedes.

- Por favor haga memoria, si le dio a alguien un billete de dos pesos.

- ¡Ah! Si ya recuerdo, se lo di a Roberto.

- ¿Quién es Roberto?

- Es el panadero que trabaja en la otra cuadra, vino a comprar cigarrillos.

Con ese dato y sin despedirme del amable señor, salí corriendo en busca de la panadería. Mi esperanza renacía. Por cierto, me olvidé de Juan que seguramente ya se cansó de seguirme.

Era tanta la desesperación por encontrar el billete que cuando me di cuenta ya estaba en la puerta de la panadería. Entré y le pregunté a una chica que estaba limpiando.

- ¿Está Roberto?

La señorita parecía no escucharme, seguía limpiando el piso sin levantar su cabeza. Cuando la observé detenidamente me di cuenta de que tenía puesto unos auriculares.

Por suerte escuché una voz que me dijo - ¿Te ayudo en algo?

Giro mi cabeza y veo a un señor cuarentón de bigotes y pelo corto. Pensé por dentro, este debe ser Roberto.

- Sí, estoy buscando a Roberto.

- Yo soy Roberto ¿Necesitas algo?

- Si, ¿Usted compró en el kiosco de la otra cuadra?

- Si.

- ¿Por casualidad no le entregó el kiosquero un billete de dos pesos escrito?

- Si, me lo entregó.

Cuando dijo eso, sentí una satisfacción enorme en todo mi cuerpo. Mi búsqueda frenética había terminado, mi corazón volvía a la calma.

Lo cerca que estuve de perder la oportunidad de conocer a esa chica un poco más. Me imaginaba que ella estaría durmiendo o pensando en mí y en que la llamaría luego.

-Se lo di al canillita que me trae el diario todos los días.

En ese momento el mundo se me cayó de nuevo, no pude creer lo cerca que estuve de recuperar el billete, no comprendo porque siempre me pasan estas cosas.

- ¿Sabes dónde lo puedo encontrar?

- Si, siempre anda por la plaza que queda acá a la vuelta.

- Gracias.

Esta vez sí di las gracias. Salí del local y me fui a la plaza, pero la misma estaba repleta de chicos que salían de bailar y se juntaban a tomar algo o a esperar un remis o un taxi. Era imposible encontrar a alguien ahí dentro. Intenté diferenciar entre las personas al canillita. Estuve bastante tiempo buscando y buscando, hasta que lo vi entregando periódicos en la casa de en frente. Rápidamente me acerqué a él.

- Hola, por casualidad ¿no tiene un billete de dos pesos escrito?

- Hola, si tenía, pero se lo di a una chica que trabaja en la perfumería que queda al lado de la parada del colectivo.

Otra vez debo buscar el billete. Ya me estoy cansando de esto, si me hubiera dado cuenta y no le habría dado el billete a Juan, ya estaría en casa hablando con ella.

Mientras voy caminando, agotado y ya casi sin esperanzas siento caer sobre mi cabeza una gota fría, miro el cielo y para empeorar mi situación en cualquier momento llueve. Que mala suerte.

Cuando llegué a la perfumería, inmediatamente lo primero que hice fue preguntar por el billete.

- No, no lo tenemos-. Dijo la chica del local de muy mala gana y sin siquiera mirarme.

Ya cansado de tanto buscar, ni siquiera le pregunté a quién se lo había entregado. Me retiré del lugar sin despedirme ni dar las gracias, y me rendí.

Triste y decepcionado me fui a mi casa. Llegué empapado porque la lluvia no me dio respiro. Lo primero que hice fue ir a mi pieza encerrarme y dormir y lamentar lo sucedido.

Esa misma noche fui de vuelta al boliche a ver si podía encontrarla de nuevo, pero no apareció.

Todo lo que hice fue en vano, después tuve que darle todas las explicaciones a mi vieja y le conté lo sucedido a Juan para que entendiera el motivo de dejarlo plantado, solo y con su dolor de cabeza.

Pasaron semanas y no sabía nada de ella, Ya me debe estar odiando. Cuando iba a comprar me fijaba en los vueltos a ver si aparecía el billete, pero no hubo caso, no tenía rastros ni señales de María.

Pasaron semanas y nada, no quería volverme loco así que decidí dejar de buscar y enfocarme en mis estudios y no pensar en ella nunca más.

Acá estoy, en España de luna de miel con mi esposa Marisa, disfrutando en la playa de un atardecer paradisíaco, fueron diez años maravillosos donde viví muchas cosas buenas, entre ellas me recibí de abogado y conocí a la mujer que me hizo olvidar de María. En este momento estoy orgulloso y feliz por todo lo que logré. Y además con una hija en camino.

- Amor, te tengo una sorpresa.

- ¿Una sorpresa? - le dije, que más sorpresa puede haber si ya con esta luna de miel tengo bastante.

Agarró una cajita muy bien decorada y me la entregó.

- Ábrela- Dijo bastante entusiasmada.

Antes de abrir la caja la observé y en su mirada había un brillo que me resultaba familiar, su dulce vos y su forma de reír por momentos me llevaban a los años 90 y me hacía recordar aquella noche en el boliche en donde conocí a María.

Pero sin más preámbulos abrí la caja intentando no romper la hermosa decoración que tenía.

- ¡Válgame, Dios! - Exclamé, no podía creer lo que estaba mirando, unas lágrimas salieron de mis ojos y me temblaban las piernas.

Lo que había buscado por tanto tiempo estaba dentro de esa caja, ese dichoso billete de dos pesos que aún conserva escrito el número de teléfono de ella.

-Vos sos...

Y un dulce beso de frambuesa me dejo sin palabras.

gabo

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