Extraño cuando el amor
solo era un sentimiento
descrito por películas,
cuando aún no conocía
el dulce entierro de sentirlo.
Cuando era algo que solo podía
entender a través de otros,
un amor tan irreal que causaba
mariposas en el estómago.
Templos creados por manos
que solo podían aferrarse unas a las otras.
Cuando uno crece,
nota todo diferente.
Como cuando el amor ya no
es suficiente y ni siquiera ver
los ojos que tanto amaste
puede detener el derrumbe.
Solía creer que el amor era rosado,
dorado,
o cualquier color que se sintiera
como la fantasía que nos
hacen creer de chicos.
Ahora noto que es a rojo vivo,
como cuando la piel se desprende
de la carne.
Carmesí, como el color de la sangre.
Aprendí que el amor no solo es
un sentimiento que florece,
sino que también se ve afectado
por el tiempo,
como todo lo demás.
A veces uno sangra, se lastima,
se condena y se tortura creyendo
que es lo correcto,
porque por amor uno hace todo.
¿Yo? Yo quisiera poder decir lo mismo.
Quisiera poder sangrar
y sentir al mismo tiempo,
pero tengo miedo.
Tanto miedo que me aferro a ello,
como si no pudiera enfrentarme
a la sombra de lo que soy.
Me gustaría poder decir que por
primera vez me siento en paz amando,
pero amo a rojo vivo.
Aquel color que demuestra las heridas
que dejó, las heridas que sangran
y las que ya cicatrizaron.
Quisiera poder decir que es tan
“dulce” que no existe dolor,
pero todo en mi pecho arde.
Hay días en los que lo quiero
todo al mismo tiempo,
y otros en los que no puedo
sentir el corazón en el pecho.
Creo que el amor es rojo vivo,
porque no hay pensamiento que
no me haga dudar, temer o doler.
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