mobile isologo
buscar...

Amigos por siempre

Jan 4, 2026

90
Amigos por siempre
Empieza a escribir gratis en quaderno

La vida, a veces, se parece a uno de esos hoteles de provincia que frecuentan los personajes de las novelas que ya nadie lee: un lugar de techos descascarados donde el tiempo no transcurre, sino que se amontona como polvo en los rincones.

Tengo casi treinta y tres años y la madrugada en que todo se detuvo sigue ahí, intacta, como un insecto atrapado en ámbar. Me veo frente a la pantalla del monitor, el resplandor azulino del MSN iluminando mis ojeras de adolescente trasnochado, viendo ese chat abierto de nuestra amiga en común como quien mira el borde de un abismo. Las palabras llegaron lentas, despojadas de toda misericordia, y mi respuesta, ese "no lo puedo creer" fue un balbuceo idiota, una defensa inútil contra la evidencia de que el mundo acababa de encogerse para siempre.

Nunca fui de lágrima fácil, la naturaleza me negó ese alivio, pero esa noche lloré hasta que el pecho me dolió como si me hubieran molido a golpes en un callejón oscuro. Fue el rito de iniciación más sucio que pude imaginar: la adultez no era un título ni un traje, era simplemente la certeza de que la muerte ya sabía nuestros nombres.

Hoy la busco en los pliegues de la memoria y su imagen me llega con la nitidez de una fotografía que empieza a amarillear. El octavo grado fue nuestro escenario, un aula con paredes blancas y lilas, donde el aire olía a tiza y a encierro. Yo ocupaba el segundo banco, contra la pared, ese refugio de sombra lejos de la puerta, y ella estaba justo detrás. Su pelo negro era una marea de ondas donde uno podía perderse, un desorden oscuro que me distraía de cualquier explicación matemática. La profesora, con esa perspicacia gris de los docentes, dejó asentada mi primera condena en el boletín: "hay que distraerse menos en clase".

Pero, ¿cómo no distraerse si el epítome de la diversión estaba a mis espaldas? Me daba vuelta solo para verla, para pescar un gesto, para escuchar ese tono de voz que hoy intento reconstruir como quien intenta armar un jarrón roto. Me picaba la espalda con el dedo para pasarme notas escritas con una letra redonda, casi infantil, donde los puntos de las íes eran círculos perfectos, pequeñas burbujas de aire en un mar de tinta que prometían una eternidad que terminó siendo un trámite breve.

Recuerdo el calor sofocante de noviembre, ese sol bonaerense que lo aplasta todo, y nosotros dos sentados frente al campo de deportes. El pasto estaba seco y los sándwiches permanecían intactos en nuestras manos, como si comer fuera un acto demasiado vulgar para el momento que habitábamos. No decíamos nada importante, pero en ese silencio se estaba gestando el mapa de lo que seríamos.

O aquella tarde de trabajo práctico en su habitación, un caos de libros y ropa tirada donde, de repente, la seriedad se disolvió mientras tironéabamos de un tampón, muertos de risa, probando la resistencia de ese algodón blanco como si fuera un experimento científico fundamental, sin saber que lo que realmente estábamos probando era la elasticidad de una ternura que no volvería a repetirse.

Pero el recuerdo también tiene sus zonas de sombra, sus pasillos fríos. Vinieron los días del distanciamiento, esa distancia eléctrica que dolía más que un puñetazo. Tomábamos el mismo colectivo y yo me sentaba lejos, observándola de reojo mientras ella bajaba en su parada. Sentía que mi mirada le quemaba la espalda, un peso invisible que la seguía hasta la vereda, mientras ella simulaba una indiferencia que se resquebrajaba cuando giraba apenas la cabeza para ver si yo seguía ahí, cautivo de mi propio orgullo. Ella fue la única que tuvo el coraje de decirme la verdad en la cara: que el problema no era la chica con la que yo salía, sino ese aislamiento que yo me imponía como una armadura, esa forma de retirarme del mundo antes de que el mundo me retirara a mí.

Tenía razón, y ese acierto suyo me sigue doliendo en los huesos, igual que los SMS breves en el Nokia 1100, esas palabras mutiladas por la falta de espacio, o las llamadas eternas por el teléfono fijo que terminaban en los gritos de mis padres cuando llegaba la factura.

Todavía puedo cerrar los ojos y verme en el centro de la cancha de handball bajo el tinglado, una caja de resonancia para nuestros gritos. Ella, pequeña y delgada, se plantaba bajo el arco con una ferocidad que desmentía su tamaño; atajaba pelotas imposibles como si tuviera un pacto secreto con la física. Y después venía el pase, ese lanzamiento largo, preciso, una parábola perfecta que yo esperaba suspendido en el aire, flotando sobre la línea del área contraria por un milisegundo donde el tiempo se detenía. Éramos una sola pieza, una maquinaria de relojería que solo funcionaba cuando estábamos juntos. Éramos los mismos que nos tentábamos de risa en una muestra de baile desastrosa mientras los demás nos miraban con odio, o los que casi nos ahogamos de la risa cuando A. escupió una Seven Up sobre el rostro de N. Éramos, en definitiva, invencibles.

Pero la muerte no entiende de pases largos ni de risas compartidas. Lo que me desgarra hoy, es no saber si alguna vez tuvo tiempo de proyectarse, de imaginarse vieja, de pensar si ese último novio era el destino final o solo un accidente en el camino. Me falta esa última conversación, la pieza que cerraría el rompecabezas de nuestra historia; me queda solo el eco de una charla que no recuerdo con precisión y el peso de esas cartas que guardan la promesa más vieja y falsa del mundo: "Amigos x siempre", decían los círculos sobre sus íes.

Pero el "siempre" se rompió cuando ella se fue, dejándome acá, custodiando las ruinas de una infancia que se terminó de golpe.

Unfurl

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión