Estoy cansada de llorar
cuando la noche me pregunta por ti,
cuando el silencio pronuncia tu nombre
como si aún doliera menos decirlo.
Juraste ser refugio,
ser abrigo en mis tormentas,
el que no haría daño
porque conocía cada grieta de mi pecho.
Sabías mis miedos,
mis noches largas,
mis batallas calladas…
y aun así elegiste irte.
Me duele el pecho,
como si el aire pesara más,
como si el corazón no entendiera
cómo alguien que prometió quedarse
pudo marcharse sin mirar atrás.
No fue la distancia lo que dolió,
fue el reemplazo,
el darme cuenta
de que fui fácil de soltar.
Pero aquí sigo,
rota, sí,
pero respirando,
aprendiendo que a veces
el peor adiós
viene de quien dijo “nunca te haré daño”.
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