Diez segundos para que se muera, dijo Salvador mientras observaba los ojos inyectados en sangre del nene. Quien se encargaba de hacer el trabajo sucio durante el experimento era Damián: ahorcar con todas sus fuerzas al chiquito rubio que estaba pataleando desesperado debajo de sus piernas. Siendo más exactos, no se trataba de una investigación que fuera a clarificar el nebuloso panorama de la especie humana; el operativo consistía en dos recientes amigos de doce años que habían decidido matar a alguien por mera curiosidad.
En la escuela lo llamaban ‘Dami’, de manera un tanto cariñosa pese a que no era popular y casi nadie quería acercarse a él. Salvador, en cambio, se encontraba enmarcado en un estatus social completamente opuesto al de su compañero de crimen: el curso entero anhelaba formar parte de su vida. El primero fue designado como verdugo por el otro, justificando que las manos de su amigo poseían una gran extensión y grosor, lo cual facilitaría la obstrucción completa de la pequeña tráquea. Damián no dudó al escuchar la sentencia, es más, se sintió orgulloso del reconocimiento y descripción en detalle que había hecho de sus armas de guerra: dos pinzas de escorpión, hechas de hierro candente, asesinas. Pero, en verdad, si ambos colocaban sus extremidades sobre una mesa blanca, pulcra y preparada para cualquier tipo de examen médico, no se encontrarían diferencias muy significativas en materia de dimensiones; eran simples manos inocentes dispuestas a cruzar la delgada frontera de la enajenación. El primer contacto fue etéreo, habitado por la intangibilidad y anonimato digital de las redes sociales no convencionales. Salvador envió el mensaje inicial y de ahí en más surgió una conversación oscura, donde la fascinación por la carne era el denominador común. Videos de ejecuciones de carteles del narcotráfico, fotos de accidentes fatales en autopistas, streams en vivo de suicidas; el menú era variado y siempre estaba a la orden del día.
La idea de cometer un homicidio fue de Salvador, aunque no lo hizo evidente. Infiltró el deseo de acción como un virus silencioso, cuyo efecto crecía a cuenta gotas, obteniendo como resultado, esperado y concretado, que Damián se creyera artífice de la obra. No fue difícil, el pibe no parecía tener todas las luces prendidas en casa; solo un foquito tenue y parpadeante. Esa misma cualidad atrajo a Salvador, eso y el no tener nada mejor que hacer aquel monótono e insufrible verano. Damián lo propuso el último día de clases. Se acercó a su popular amigo y le preguntó, en un susurro que solo dos locos enamorados podrían entender, si se animaba a ver el rostro de la Muerte. La barrera intangible establecida entre ambos se había roto en aquel momento. Salvador, al percatarse de las miradas curiosas y burlonas del resto del aula, le pegó un empujón a Damián. Todos rieron ante tal atrevimiento por parte de un recluso social de semejante magnitud y su merecida represalia: dirigirle la palabra al Rey del Curso, siendo un simple bufón. Sin embargo, nadie esperó escuchar la risa de Damián. El centro de la broma se unió a la comedia con carcajadas semejantes a un llanto de felicidad. A medida que sus compañeros intercambiaban miradas extrañadas y caían bajo el manto de una incomodidad latente, Salvador no pudo evitar la aparición de una pequeña mueca de mórbida fascinación en sus labios. Qué pedazo de enfermito, sentenció con cinismo, buscando distender la tensión del momento. El resto del curso rio por lo bajo, sin percatarse del duelo cómplice de espejos en el que ambos jóvenes se sumían. Las debidas disculpas fueron dadas por mensajes de texto, explicando Salvador que la ocurrencia homicida le parecía una genialidad y quería llevarla a cabo, pero, por esto mismo, nunca debían mostrarse juntos físicamente, ninguna sospecha podía quedar a merced del resto. Esa designación que delimitaba el mundo que ellos dos conformaban fue suficiente para convencer a Damián, no solo del plan a seguir y todas sus precauciones para evitar ser descubiertos, sino de que por primera vez en su vida alguien estaba dispuesto a pasar tiempo con él. Salvador marcó al tributo. Santino, un chico de tercer grado de primaria que siempre regresaba a su casa caminando después de pasarse la tarde entera jugando a la pelota en una amplia plazoleta del centro. De manera conveniente, agarraba por una calle poco transitada, por no decir abandonada, adyacente a una zona boscosa de la ciudad. Tanto sábados y domingos el punto estratégico estaba lleno de gente, pero no los miércoles, incluso con la pausa del ciclo lectivo gobernando el tiempo y espacio. Ambos coincidieron en el método. Estrangulamiento. Salvador decidió buscar un dato preciso con la ayuda de la Inteligencia Artificial, realizando una pregunta que le pareció brillante para engañarla: “¿Cuánto puede aguantar la respiración una persona promedio?” No se lo comentó a su amigo. Sentía una euforia febril ante la confidencia que había generado dentro de un secreto tan sombrío como su mente, y que a su vez, en el momento indicado, llegaría a revelarle.
Por último, organizaron la estrategia. Primero, Salvador interceptaría al nene; lo iba a seguir, de a poco, evidenciando que se encontraba a sus espaldas, ya que, analizó de manera depredatoria, el shock de un susto repentino no haría más que sobresaltar a la presa. Santi lo tomaría como algo normal. Uno de los pibes más populares de la secundaria está atrás mío, imaginó Salvador como probable reflexión interna del chico. Quizás hasta le tiemble la autoestima, agregó, con una sonrisa de puros dientes que se le agrietaba en los labios. A continuación, iba a llamarlo desde la distancia, buscando entablar una conversación casual, divertida, que hiciera sentir especial a Santino. Algún tema en común funcionaría como eje: apuestas online, fútbol, cantantes famosos de dudoso talento; todo tópico banal y superficial que Salvador tuviera al alcance para continuar tejiendo su red. Una vez sorteado este obstáculo, vendría la última acción, aquella de mayor complejidad e importancia: internar al chico en lo profundo del bosque. Tenía algunas opciones en mente, aunque no se decidía por ninguna, y, para él, la incertidumbre era materia de suma irritación. Cuando las aristas no conectaban podía estar todo el día rondando por los páramos desiertos de su conciencia, buscando una salida a esa cárcel de ramas cortantes. Días antes del suceso llegó a la conclusión de que lo mejor sería confiar en el flujo del azar; lo que comandara el destino. Confiaba en que su intelecto soportaría el desafío para finalmente salir airoso. Y, dicho y hecho, así fue. El diálogo encaró hacia el concepto de la vida y la muerte, de una forma infantil y humorística, la misma en que la ausencia de empatía venía infectando a las nuevas generaciones. Salvador halló tan irónica la situación que lanzó una risita para sí mismo. ¿Alguna vez viste un muerto?, le preguntó a Santino. El chico, luego de negar con la cabeza, fue invitado a presenciar el supuesto cadáver que el otro había encontrado entre los árboles que se erguían a un lado del camino. Pensó por unos largos segundos hasta devolverle la mirada a Salvador. Dale, vamos, le respondió.
Damián aguardaba agazapado detrás de un tronco antiguo que se descascaraba cada vez que apoyaba sus manos enguantadas sobre la corteza. Los asesinos de las películas usaban guantes; se trataba de una norma ineludible, porque las narrativas hollywoodenses se inspiraban en la realidad, o mejor dicho: eran la realidad. Llevaba puesto un par que había sido regalo de sus abuelos el invierno anterior. Para que puedas tocar la nieve y no te lastimes la piel, le dijeron. De buena marca, capaces de salvarte la vida en situaciones riesgosas de frío extremo. Pero ahora hacía calor y sentía los dedos pegoteados, a medida que la transpiración chorreaba y continuaba camino hasta los codos. Sus manos ardían, como dos antorchas próximas a incendiar el bosque. Los pasos se aproximaron. Escuchó las voces y tensó sus brazos. El epicentro de la tragedia había sido seleccionado por ambos. Consistía en un pequeño claro, delimitado por un conjunto de piedras chiquitas que ambos habían desparramado para marcar la equis en el mapa. Desde donde estaba escondido no podía ser visto, ni siquiera por Salvador. Cuando los otros dos se detuvieron, la respiración de Damián se volvió más gruesa y pesada, por lo que decidió morder su lengua para ahogar el grito que sabía próximo a liberarse. El filo de los dientes hundió con dulzura la elasticidad rosada del músculo serpenteante. Ahí fue cuando recordó un diálogo perdido, pasado por alto, que ahora cobraba suma importancia en la misión. ¿Vas a darme alguna señal?, le había consultado a su amigo semanas previas al acto. Sí, aunque no tengo pensado nada en particular, respondió el otro, vos te vas a dar cuenta. ¿Dónde está?, preguntó Santino. ¿El muerto?, dijo Salvador. El nene se dio media vuelta y lo miró. Salvador mostró la sonrisa que tanto tiempo llevaba practicando en el espejo durante sus noches de insomnio. Lo estoy viendo, sentenció. Santino tan solo alcanzó a abrir la boca, dejando en un suspenso eterno lo que estuvo a punto de decir. Damián embistió al chico, se colocó encima suyo para inmovilizarlo y empezó a ahorcarlo. Apretó con violencia, como nunca antes lo había hecho. Las diminutas manos de Santino intentaron golpear al agresor, sin obtener éxito alguno en su afán desesperado por sobrevivir. Unos hilos de saliva emergieron de los labios temblorosos de Damián, los cuales sorbió rápidamente. Luego de dar el aviso de los diez segundos, Salvador se puso en cuclillas y analizó a fondo a Santino: iba perdiendo fuerzas; la Señora de Negro se encontraba cerca. Quedan cinco, le comunicó a Damián. Los estertores del nene eran burbujeantes, densos. Sus párpados comenzaron a retractarse con una paradójica calma desaforada. Cuatro. Tres. Dos. Uno.
Ambos se pusieron en pie, manteniendo la cabeza gacha en dirección al cadáver. El viento se intensificó, augurando tormenta. ¿Viste algo?, preguntó Salvador. No, ¿y vos?, dijo Damián. Tampoco, sentenció. El chiquito muerto tenía la vista enmarcada en el cielo plomizo y cercano al ocaso. Sus figuras semejaban estatuas olvidadas en los eones interminables del universo, repitiéndose una y otra vez por toda la eternidad. Nos vemos el año que viene, dijo Salvador. Dale, contestó Damián. El primero giró y siguió el rumbo tomado por el otro para llegar al encuentro. La silueta del adolescente se perdió en la densa maraña forestal. Damián siguió mirando a su primera víctima de homicidio. Después, dio media vuelta y atravesó la estela del trayecto de ida realizado por Salvador, sin saber que dos pasos más adelante lo esperaba el abismo.
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