en el clérigo.
cuando en el baño, me miro al espejo y lo puedo escuchar.
lo siento, ¿quien soy cuando no siento?
mi respiración pesa, arde en mi interior y prende fuego mi pecho.
¿quién soy cuando no siento?
hay un zumbido eléctrico.
la luz colgada sobre mi cabeza tiembla.
los susurros no cesan.
—maestro, me muestro ante ti.
y lo acompaña el chasquido al romper el viento.
uno.
—guíame en la oscuridad, no me abandones.
creo percibir la carne desamarrándose a estallido pero no lo siento.
dos.
—padre mío, aléjame del mal.
pero ni siquiera las plegarias logran acallarlo cuando se acerca y murmura muy cerca de mi oído.
tres.
“mátate”
—maestro, perdona mis pecados.
sisea.
es una serpiente que asciende por mi pierna, se enreda en mi pecho y desliza hasta mi cabeza. cubre mis ojos y mueve un cascabel.
cuatro.
—mi señor, no me abandones, muéstrame tu luz.
mi voz tiembla cuando intento desesperadamente no perder la concentración.
cinco.
“mientes”
quiero negar, sacudir la cabeza, pero el látigo pesa cada que golpea mi espalda desnuda.
seis.
—e-en las sombras, maestro, sigo siendo hijo tuyo…
el sudor frío se resbala por mi frente y siento mis extremidades congelarse.
me castiga.
aprisiona mi pecho.
me asfixia.
ya no me puedo mover.
entonces lo veo, frente a mí, a escasa distancia.
pronto la serpiente desaparece.
un ruido seco me arranca la conciencia.
y cuando despierto estoy en el suelo, la sangre seca de mi nariz me hace saber que me desmayé.
—amén.
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