¿Cuántas veces te veré pasar por este jardín,
entre hojas secas y vientos quebradizos de
tormentas cercanas?
¿Y cuántas más te veré aterrizar
en estuarios de humo
que diluyen tu palabra
y entorpecen tu mirada?
Es esta niebla sedienta que insiste en rozar la eternidad,
anudando nuestras pieles
punto por punto
—como si no estuviera ya mutilado mi corazón—.
Me envolví en vendas de olvido
para no sentir el rescoldo de tu traición.
Y ahora aquí en la oscuridad que me sostiene,
prescindo de ruegos
y de nombres.
Clarea en mi pecho una ablución de luz:
la quietud esencial de quien se sabe libre,
el gozo de tocar, por fin,
mi propia orilla.
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