Alquimia azul.
Mar 2, 2026
Polaroids con fechas fueron pegadas en mi diario, escritos garabateados donde la tinta se diluyó; una sinopsis de desconocidos a los que una vez me presenté. Hacia el final, una hoja en blanco: al dorso, el papel es ocre.
Los recuerdos, que me suspendían el aire, los fui arrancando, saltando páginas, hasta que, bajo una fotografía, escribí tres palabras: su nombre, la fecha en que la conocí y lo que aquel día había ocasionado en mí; su sonrisa, la curva de la comisura de sus labios apetecibles, los bucles chocolates como cascadas que relucían su piel porcelana, y su voz amielada que me susurraba: «Eres magnífico».
Me dedicaba a estudiar los eventos astronómicos y el caos en la naturaleza; mi espíritu soñador, antes cautivado por los cuerpos celestes danzantes y el verdor que respiraba la vida, anhela marcar en un calendario las tonalidades del cielo que contemplaremos juntos y ampliar nuestra colección de reliquias marinas.
Mis latidos responden al oasis de tus colores, a la textura suave de tus manos; los amaneceres etéreos del día; los ocasos deslumbrantes que se degradan al arribar la noche; panoramas que son los que, en tus pinceladas, coloreas mi universo.
Consumido por la oscuridad, llenas el abismo que hay entre nosotros, enardeces descontrolada mi pasión, ¿y cómo, aún, me sonríes con delicadeza, prometiéndome ternura? Eres las postales azules que encuentro dentro de botellas en la arena; el resplandor del sol que bordea el horizonte, donde la felicidad es arrastrada por las olas del mar, turbulenta e infinita, pero tú la has materializado. Entonces, apunto al costado de una imagen tuya, en mi libro de recuerdos, una nota:
2 de Marzo.
He querido retratarte, pero fracaso como escritor al componer poemas; me precipito en la mesura y la rítmica que pudiesen describir cómo tus labios se posan sobre los míos, rozando como brisa veraniega, volando cual luciérnagas, aves amarillas y mariposas celestes, llevándose todo de mí, deshaciéndome en amarillo.
Olvido que hubo un tiempo en que no te conocía; ¿puedes olvidarlo también? El alba torna a través de mi psiquis y corazón, al rodearte con mis brazos. De ayer, recuerdo lo adormilada que estabas, pronunciando: «Te extraño muchísimo.»; de hoy, la manera voraz con la que devoro las pecas girasol sobre tu piel, el estremecimiento de tu cuerpo al mancharla de imborrables nebulosas. Transcribo versos que se sumergen en el rocío de tu orquídea y los diagramas florales en tu espalda que redefino con mis dedos. El desenlace de mi historia es el culmen de nuestros días: nos reencontramos, polvo de piedras lunares y polvo de hadas, esparciéndose, las estrellas brillando, tu boca deseosa y la mía robándote el aliento, en medio de un apocalipsis, donde mi último recuerdo son nuestros cuerpos entrelazados, y mañana, como es habitual, te evocaré en mi memoria.
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