En mañanas de invierno como estas se presenta el aroma fantasma de uva, el sabor de aquellos meses de libertad. Donde mis primeros veintes no eran más un peso inconmensurable, sino la llave maestra para un abanico de posibilidades.
Tenía el corazón roto, como de costumbre pero era solo consecuencia de ser honesta con lo que quiero. El rechazo había la cura para mi delirio. Ahora solo quedaba seguir sin volver a ver atrás. Había hecho todo lo que pude dentro de mis posibilidades.
Caminaba por las calles de Lima, dejando caer la nostalgia del pasado en cada aventura. Sí, tenía mucho frío. La tristeza venía por oleajes y yo estaba desprevenida. Ahora que soy mayor, he trazado todas las rutas de origen y aún así hay días que no puedo explicar lo que me pasa.
Como ayer que pensé: " Algo me pasa y no sé qué es, siempre sé que es pero esta vez no sé qué hacer"
Aquí me golpeo contra una pared llamada incertidumbre. No tengo que saberlo todo, no todo tiene respuesta. No sé cómo soltar pero tengo qué.
Dejar caerme como animal. Doler. A veces solo debo doler y no hay poesía en la herida. No hay arte en el llanto. No hay literatura en contarlo.
Aunque sí hay magia en la resistencia. Sigo aquí. Soy la musa de mis propias historias. Soy la narradora de mi vida. Soy la que vive. Existo también.
7:57 a. m. · 17 jun. 2025
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