Para Miguel
El escaparate dice “guantería-complements”. Y piensa, casi incómodo, que nunca en su perra vida va a aprender catalán. Porque no tiene nada que ver con nada. Porque una baraja del destino se mezcló y terminó por dejarlo en Barcelona, así como así, como si no hubiera tenido tiempo de decidir.
Deja por fin de leer las dos palabras del negocio en la calle, que había estado leyendo por minutos. Se acomoda el traje, sí, traje negro, y toma un taxi que lo llevará a la estación.
Y con desilusión entiende que así son las cosas. Que no hay más que eso y, como dice la canción, el tiempo no espera a nadie. Y ese tiempo nunca lo había perdonado, ni le había dado tregua, ni le permitió levantar la cabeza mientras hacía las valijas y guardaba documentos.
El taxi se mueve como un ciempiés en la ciudad, que está resbalosa y mojada porque llueve. Y la lluvia moja la calle y la calle no produce nada con la lluvia. Solo un lamento, una añoranza sin nombre, un recuerdo de tierra.
Cuando el coche se detiene en la estación, la lluvia ya ha cesado, se cansó, pareciera, de insistir. Muestra mejor, porque los lavó, los carteles: Estació d´autobusos de Barcelona Sants, Estació de trens y otro que lo hirió más, Plaça de Joan Peiró… Niega con la cabeza.
Y camina. Hay tiempo hasta la partida. No sabe, no logra definir si se aleja o se acerca. Y de encontrar la respuesta, no sabría de qué se aleja, a qué se acerca. Ve un hotel inmenso a lo lejos y pregusta un bolsillo ajustado. Casi que sonríe, golpea con suavidad el maletín con las yemas.
Pero luego ve más carteles y niega con la cabeza.
Entiende que la gratitud es buena y necesaria. Y, de hecho, sabe que no odia la ciudad, ni mucho menos. Todo lo contrario. Pero hay un algo…
Y es que se sienta con el portafolio entre los pies y es también que mira a la gente subir y acomodarse en los asientos, tanta automaticidad, tanta inercia. Y piensa que el tiempo es un fuego transparente y hambriento.
No hay recuerdos del diálogo. No es que sea absolutamente necesario tampoco. Pero también fue que una mujer se sentó a su lado y charlaron. Sintió una seguridad tan remota. La conversación pareció ser un cofre seguro en el que depositaba sus sueños y miedos, sus alegrías y logros. Dijo lo que no le habría dicho a un amigo por miedo a su juicio, las confidencias más profundas… porque el anonimato se ofrece como la certeza más absoluta de que nadie se enterará de quién es realmente. Y se sintió bien con la idea de que pocos (y desconocidos, acaso) hayan visto su naturaleza verdadera.
La mujer no hablaba español fluido, pero sí muy entendible. Más allá, una pareja de rasgos más bien vikingos se acomodaba para dormitar.
Qampi, qamchi, kallank…
La ventana se empañó un poco por unos segundos, como la aparición fugaz de un recuerdo. Detrás de la manchita de vapor, y a lo lejos, montes y montañas bajas casi quietas. Y más cerca, mucho más cerca, la tierra a toda velocidad, retrocedía muerta de miedo.
Montañas bajas, pensó. Montañas bajas… y en las venas, latidos incontenibles.
Todo el vagón dormía. Sintió que el sueño sería un episodio imposible, incluso casi difícil de imaginar y que no recordaba lo que es dormir.
Una fuerza extraña, un impulso, lo obligó a estirarse. A levantarse con cuidado de no despertar a nadie ni siquiera a la mujer a su lado.
El maletín tambaleó y cayó insonoro.
Con algo de esfuerzo forzó el pequeño postigo que contenía los movimientos de la ventana.
El aire con cuerpo de viento entró a toda velocidad por todos lados. Nadie despertó, afortunadamente. Solo los vikingos hicieron un tímido amago. Asomó la nariz al agujero: después del viento, del primer golpe, como por detrás, escondido, llegó el olor del pasto, de la tierra, del animal, muy por detrás, como cifrado entre la virulencia de la corriente que entraba por la hendija que él había abierto.
Fue suficiente eso.
Cerró el postigo con el mismo esfuerzo con el que lo abrió y volvió a sentarse.
Nuqapis nuqam kallaa, quamchi kuyakuq kanki…
La sangre apretaba en las venas ahora y el destino del tren no parecía coincidir con el deseo.
Es una canción, le dice, pero no sabe cómo traducirla. La mujer se ha despertado con la entrada del viento. No sabe cómo traducirla, porque en realidad, no puede. Tampoco podría ella entender, aunque sí entendiera las palabras. Porque no ha estado allí, porque hay cosas que solo traduce el latido o la genealogía.
El tren no se detuvo nunca o quería no detenerse.
Y lo que en un momento parecía imposible, ahora era lo único por hacer. Durmió. Y soñó. Y ovejas que no existen fuera del vagón y un gran cañón que suspira su lejanía y un templo y una leyenda y una casa de ladrillos de adobe y un montoncito de paja, que es cama, y un buey y un río abajo en el cañón y sangre, sangre que late. Teje con hilos invisibles, carnea con elementos ilusorios ovejas y chanchos inmateriales, canto de atavismo florecido.
Quizás durmió demasiado. Los modernosos vikingos ya no estaban, la familia catalana de atrás tampoco. El maletín había vuelto a su posición primera. Pensó en los papeles que ahí tenía. Lo abrió para ver una vez más, para corroborar que estaba despierto. Confirmó los planos de obra, los plazos acordados para la construcción, contrato firmado, las iniciales del nuevo hotel “HM”, de Mediterráneo. Todo estaba en su lugar.
Sin quererlo ve afuera, y se da cuenta de que sigue allí, en el tren. Y la mujer lo mira, con curiosidad. Lo observa, lo ve a los ojos y piensa ¿qué? ¿llora?
Pero el sueño mordía de nuevo y el tren no se detenía. No se detenía. El tren no…
Y en el sueño tocan quenas y sicus y el viento silba melodías olvidadas y el valle es nuevo por vez primera y en el mismo valle el demonio proclama su reinado y en el valle todo color es nuevo otra vez.
La ventana se vuelve a empañar con canciones de ensueños y quimeras. El paisaje atrás queda en un mundo escondido y desaparece.
El sacerdote alza las manos, el cuchillo desciende oblicuo y reza, pide por la cosecha. El templo es terrible y el valle llora sin saber. Y el eco en el cañón es unívoco e incontestable. Pero en las casas, de forma extraña, hay fiestas y músicas.
Cuando despertó, solo la mujer, que era oriental, habitaba con él el vagón.
—Parce que estamos por llegar —dice en tagalo.
El entiende sin esfuerzo. Prepara el maletín, su único equipaje, y ensaya rápidamente y sin mucho sentido una conversación más o menos posible con los de la empresa constructora. Oferta y contraoferta, sumas de dinero.
El tren se detiene. Bufa.
—Sí, hemos llegado —responde a destiempo. Pero ya no había nadie con él.
Baja, despeinado.
Al encuentro sale la madre.
—Churi, ¿imaraykutaq nuqachkanki?— que se traduce: hijo, ¿por qué lloras?
—Imaraiquchus faltani, mamay —que dice: porque extraño, mamá.
—Ama waqaychu kaypi alpaca ponchoykita hap'ini —que dice: no llores, aquí tengo tu poncho de alpaca.
Y el hombre se pone el poncho y el valle ríe y el valle canta. Y la sangre late.
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