Vestía como de costumbre, unos jeans desgastados, una remera básica de color aburrido, zapatillas cómodas y el crucifijo colgando de su cuello. Esperaba en la puerta trasera de la casa, esa puerta que nadie solía usar, que hoy se reservaba solo para el paso de aquella morena de brillantes ojos. La ansiedad provocaba el ligero golpeteo constante de la suela de la zapatilla con el piso y el estremecimiento del cuerpo ante los nervios erizaba los vellos del brazo. Aquella puerta increíblemente desgastada y que costaba bastante abrir, ese día estaba a su disposición, como si estuviera deseante de ser abierta. Al hacerlo, una bocanada de viento pegó en su rostro y a lo lejos escuchó ese chirrido tan característico que era premonitorio de la llegada de ella. Al mirar entre los árboles pudo verla corriendo entre medio de la lluvia para llegar a su encuentro, con su pelo castaño siendo alborotado por el viento. Al verse, se saludaron con un beso en la mejilla, como era costumbre y la chica pasó a la sala.
- ¿Qué necesitás? ¿Pasó algo para que me llamaras? - preguntó la joven.
- No es nada grave, es una cuestión... una cosa que tengo que hablar con vos. Pasemos a la casa, vamos a encontrar mayor comodidad ahí.
Se dirigieron a la sala, al pasar por el pasillo, la morena pudo ver la habitación, para nada compleja. Una cama, un ropero, un libro bastante extenso sobre la mesa de luz y un cuadro de la Virgen María en el cabezal de la cama, lo cual le pareció bastante perturbador. Se le ofreció algo de beber y ella pidió agua. Tranquila y sin prisa se ubicó en la punta de la mesa del comedor. Al acercársele, sintió el impulso de darle un abrazo, sabía que algo no andaba bien, pues ¿por qué sino la había llamado a esas horas? ¿Y por qué solo a ella?
- Dale Fer, decime qué pasa. Te noto con muchos nervios y me preocupa.
Antes de que la joven pudiera seguir hablando, recibió un beso inesperado, esta vez en sus labios. Al separarse, se miraron por unos segundos sin poder asimilar lo que había pasado. Sin embargo, ahora fue la joven quien besó sus labios y encendió en llamas su cuerpo. Lentamente, se fueron acercando más y sus manos fueron recorriendo el cuerpo ajeno. Jamás había experimentado eso y descubrió que le encantaba. Poco a poco, la excitación aumentó y se despertó el deseo de conocer más aquella sensación tan placentera. Sin separar sus bocas, se levantaron y fueron a la habitación. A medida que se despojaban de sus ropas, su respiración se volvía más y más acelerada y sus pieles ardían. Si bien toda la situación fue bastante rara para la morena, no se detuvo a pensar qué podía llegar a pasar luego, pues este suceso solo había ocurrido en sus fantasías y hoy era real. Su cabello que habitualmente estaba en orden, ahora estaba bastante despeinado. Ella se percató de que su hermosura era mayor sin esa formalidad y prolijidad habitual. Al ver su sonrisa, el mundo se detuvo, tan muda había quedado que produjo el desvío de su mirada a causa de la vergüenza y el pudor. Tantos años había ocultado ese abdomen, esas piernas, esa espalda y... ¿para qué? El asunto que había sido motivo del encuentro, rápidamente había pasado a segundo plano y ahora recorrían sus cuerpos con curiosidad y un amor inmenso creciéndoles en el pecho. Pronto se percataron de aquellos ojos juzgadores que miraban desde el cabezal y, entre risas, María fue expulsada del espectáculo y el crucifijo fue arrojado al suelo. Entre respiraciones, suspiros, besos y caricias, se detuvieron a mirarse a los ojos muy fijamente, como muchas veces solían hacer. Sin embargo, nunca se habían mirado como ese día, vulnerables, con el alma y la piel desnudas, la sonrisa de lado y unos ojos que expresaban todo lo que habían callado en tanto tiempo. De pronto, se escuchó el eco de voces y pasos lejanos. Rápidamente, se vistieron y se dirigieron a la misma puerta, la única testigo de ese amorío. Se dieron un beso corto y la joven salió corriendo por los frondosos árboles. Al regresar a la habitación, colocó nuevamente el colgante en su cuello y volteó a la Virgen María.
- Fernanda, tenemos misa.
- Voy hermana.
Con paso lento y tembloroso, obedeció y se dirigió a la iglesia. Días después, la voz culpadora no dejaba de hacerle notar el más grande de sus pecados: le había sido infiel a su señor. Y con una mujer.
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