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Cierro la puerta sin hacer ruido,
me alejo del eco de voces
que pedían más de lo que podía dar.
Ya no hay manos tirando de mi sombra,
ni espejos que reclaman una imagen perfecta.
Solo este cuerpo,
este respiro
que empieza a parecer mío.
Desactivo las vitrinas,
los aplausos vacíos,
los gestos programados para gustar.
Y en el silencio -ese que tanto asusta al principio-
encuentro una voz.
Pequeña, temblorosa,
pero mía.
Ahí donde nadie exige,
donde no hay medallas por ser fuerte,
escribo.
Y al escribir,
me salvo.
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