Tuve un día raro. Sí, de esos.
Llegué como unos quince, veinte minutos tarde a clase. Esta vez al ser tantos, me senté lejos de mi compañera, porque no cabíamos de la cantidad de chicos que presentes.
Empecé a recortar para realizar la maqueta en cuestión.
Pero de repente, mis ojos picaban, se humedecían por voluntad propia, la presión en el pecho. Mi cabeza iba saltando a mil por hora: anoche no dormí; me van a echar de casa; me quieren obligar a abandonar esta carrera que disfruto y amo; no volveré a ver a mi hermanito, no volveré a lavar la ropa; no volveré a ver la luz porque van a matarme.
Desesperación. Desesperanza. Desilusión
Creí que se me venía el agua encima. Amo estar aquí, pero a su vez, estaba girando en un laberinto mental, atrapado como un hámster en sala de experimentación. Entonces, al frustrarme de no poder realizar la condenada maqueta, dije: «ok iré al baño, me urge un poco». pero al salir, uno de los chicos del curso, había salido al aula de al lado para recortar porque en el aula de turno no tenía el espacio necesario para semejante caja. Lógico. Demasiado apretados para un aula muy justa en tamaño.
Él inmediatamente levantó la cabeza y me vio. Yo, dejé de lado ir al baño, corrí un poco la angustia, respiré profundo y extendí las comisuras. Le pregunté:
— ¿Qué estás haciendo? Te está costando un poco más de lo esperado.
Él se rió y se quejó de la mendiga tijerita infantil porque evidentemente no encajaba.
— Sí, este cartón es demasiado grueso. Tenía pensado acoplarlos, ya sabes, colocarlos uno encima del otro.
— Espérame un momento.
Desaparecí. Fui a buscar mi cuter y se lo dí
— Wow, gracias, me salvaste la vida. —me agradeció con una sonrisa.
Ese chico me había caído bien de entrada. Desde afuera sabes que no puedes meterte con él. Imponía una imagen silenciosa de madurez. Algo en su poca interacción con los demás gritaba que era un solitario.
Hablamos, me fui por las ramas y eso me distrajo. Siempre me pareció un chico valioso para hablar, alguien carente de «máscara social» y desde el primer momento eso me llamó la atención. Entonces, mientras seguía ocupado metido en su labor, yo me encargué de juntar las mesas para sentarnos.
Comenzaba la clase de pintura. Mí compañera me pasó su cúter y empecé a cortar unos lienzos. Los chicos carecían de un insumo principal para la clase de pintura y les dí a ambos para hacer nuestro cuadro. No se puede pintar sin lienzo y yo tenía de sobra justo para los tres.
En esa ocasión, no recuerdo cómo fue pero le tuve que hablar. Mantuve el sentido del humor. No era mi intención sonar dramáticx.
— Durante la clase de escultura, tuve que retirarme. Resulta que me estaba descomponiendo. Gracias que me hablaste y eso me ayudó. Me estaba dando una presión en el pecho, es que sucedieron cosas que hacen que algo de ansiedad interna se me dispare.
— Pero ¿por qué? —preguntó él en tono preocupado. Me despertó ternura.
— Estoy bajo presión, rodeadx de personas que no son muy sanas para mi nivel mental Tuve que tomar terapia.
— ¿Ansiedad dijiste? Hmm, te entiendo.
Hice una pausa. Me sorprendí que dijera eso con tanta ligereza.
— Hace unos años —comenzó—, yo estaba trabajando en un sitio que no me gustaba. De igual forma porque tenía que trasladarme. Hacer mi rutina. En aquel tiempo tenía una novia, la cuál, sin razón me dijo «ten cuidado, a no ser que te dé un ataque de ansiedad»
— ¿Por qué te dijo eso? —le pregunté.
— La verdad, no tengo la menor idea. Yo desconocía el concepto. No sabía a qué se refería. En fin, tomé el transporte, venía lleno, considerablemente. Entonces, no sé qué me estaba pasando. Al ver la cara de las personas me asusté. Esas caras ajenas se veían tan… vacías. Rotas, lúgubres. No tenían expresión alguna, de repente todo perdió color. Empecé a sentirme mareado. Estaba yendo a trabajar a un lugar que no me gustaba, viviendo una vida por mera supervivencia. Una especie de crisis existencial muy grande me invadió. Me reeplanteé: «¿es esto lo que quiero para mi vida? ¿soy feliz de la esta manera?» Tuve que bajarme del transporte. Llegué tarde al trabajo. Estaba pálido como papel. Decía a mí mismo, entregado, convencido: «aquí y ahora mismo voy a morir». Tuvieron que llamar a emergencias y a mi madre. «Me siento mal» les dije. En aquel momento, me hicieron un montón de estudios, mi noviazgo se deshizo, perdí algunos vínculos. Tuve que hacer una pausa para respirar. Así que sí, entiendo lo que estás pasando.
Al terminar la clase, yo pensaba en preguntarle que tal de quedar un día y eso, pero tenía la sospecha de que quizás él no era de esos, y después de pasar todo lo que pasó, incluso compartiendo la misma edad que yo, pues estaría en una etapa donde se sentiría cómodo con su soledad.
Lo saludé para irme. Luego hice una caminata. estaba entre ir y no ir a la municipalidad para saber si tenían algún programa de inversión laboral. Me estaba costando mucho conseguir algo estable. Cuando me senté en el césped de la plaza para dormitar, empezó a caer una llovizna. Dios mío. Me levanté porque el lienzo tal vez se arruinaría.
Me quedé indecisx de si ir a la policía, a la iglesia, municipio, etc. Al final, entré a una oficina de desarrollo social. Yo me presenté explicando que yo había estado ahí antes, la cuál una trabajadora social amablemente me atendió (en esa semana le expliqué que había tenido ese altercado donde me echaron de la casa. Me fui a vivir con mi «abuela», pero ya la cosa estaba lo suficientemente inestable como para considerarse insostenible), y lo único que ofrecieron fue una bolsa de alimentos. Yo estaba algo insatisfechx por no haber conseguido algo que me diera seguridad, pero supongo que fue porque no veían nada fuera de lugar hasta que pasó esto.
Les dije, con antecedentes y evidencias, que mis «padres» planeaban echarme en el plazo de una semana sin recursos, oponiéndose a la idea de estudiar, algo que me motivaba a seguir viviendo, un proceso personal e intuitivo. Ellas actuaron de inmediato y me pusieron en una lista dónde me ofrecieron un alojamiento para personas en situación de marginación y adicciones. Yo le dije que sí, que esto podría ayudarme mucho, además de tratar de ponerse en contacto con servicios de terapia y que la misma trabajadora de turno iba a venir a casa. Le dije que sí. Me sorprendí lo rápido que esto se movió.
Cuando salí tuve un respiro de las buenas vibras que eso me había dado. Tenía apoyo real de personas reales.
Fui al único sitio que me quedaba pendiente.
Entré a la biblioteca y dije: «ok, tengo trabajo que hacer, una tarea muy cool». Saqué unas hojas que no me servían y dibujé. Hubo sólo uno del que no conecté al hacerlo, pero otros dos les había puesto sentimiento: el insecto de la Metamorfosis de Kafka y una especie de portada llamada «Invader» de una coneja andrógina humanoide con Ktulu detrás invadiendo el mar en el cielo. Me dejé llevar tanto que el tiempo pasó muy rápido. El dibujo me había quedado muy bien de modo que terminé rozando la obsesión hasta agregarle color.
Estaba yendo a casa muy tarde pensando en a todo lo que tenía que sobrevivir ese viernes. Vi a mi ex-«madre» en una de las tiendas rumbo comprando provisiones. Tuve que pasar de largo. Una parte pensaba mía se quería autoengañar de que estábamos situados meses atrás donde yo estaba en una etapa de ingenuidad, y pude haberla ayudado en ese momento para trasladar las compras, pero la evadí para protegerme. Su orgullo elevado la convertirte en alguien innacesible. Estoy casi segurx de la posibilidad de que pudo haberme visto.
Tenía demasiada hambre y sueño. Yo diría que el sueño y el cansancio estaban en el mismo nivel. Me di una ducha y me tiré a la cama. Me tapé hasta la frente, y después siento una mano tratando de sacarme el edredón de encima.
«Mi ex-mamá» pensé, «Espero que me ofrezca algo para comer».
No. Era mi hermanito.
— ¿Quieres jugar?
Yo con los ojos medio cerrados, doliéndome todo, con un montón de tareas encima, incertidumbre, aún sin tiempo de procesar si aún contaba con suficientes signos vitales, le contesté:
— Sí, juguemos.
Me hizo bien conectar.
Él después se acostó de mi lado hasta que se aburrió. Casi lloré. Cuando estaba medio distraído, le daba besos en su carita suave y le decía que lo quería.
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