Alguien arrastra los pies, desordena la tierra. Llenan el aire con su aliento al pasar. Es incómodo. No logras verlo a la distancia, lleva un sombrero azul, que hace juego con el mar que descansa. Arrastra la silla al sentarse, y cuando se acomoda, retuerce la tela de su pantalón, rasgando el cosido. Comienzan las guitarras para distraerlo, y corren los garzones a ofrecerle agua. Pero hoy quiere licor, pidiendo la copa llena. Los mozos le dejan pasar a las entrañas de la estancia. Saluda al viejo que llora por su padre, por su madre y sus hermanos. Respira con fuerza, no soporta el desorden. Les da un beso en la mano a cada uno y los devuelve a su regazo, sosteniéndolo como si fueran niños. Sus miradas extraviadas se despiden del viejo, que les llorará por la eternidad. Qué otra cosa se puede hacer más que huir por los senderos, buscar el abrazo, el calor nocturno. Muchos no saben lo que dicen, no saben lo que anhelan. Una pausa, el gallo comenzó a cantar.
Imagen de Jared Vega

Verónica Abir
Solo lo intento cada día, como respirar. Ves tus ruinas como son, libres de la ilusión, las expectativas (...) de modo que por fin puedes empezar a contar las tuyas. BELMAR, Issac
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