Cuando apenas empezó a pasar todo aquello, yo volví a leer un libro que se llama Cuando lo peor haya pasado, de Pablo Ramos. Libro que leí y subrayé por primera vez en 2015, cuando me lo regaló mi madre con una dedicatoria en la que decía que me lo obsequiaba porque se dio cuenta que unos meses antes elegí a Ramos como compañero de ruta literaria. Mi madre vio oportuno regalarme el libro de un autor al que yo descubrí relatando la muerte de su padre, luego su velorio, después el enojo, la ira, la tristeza y todo lo que se le quedó atragantado y que jamás podría escupirlo (La ley de la ferocidad, 2007). Yo también estaba en esa. En 2015, digo. Y con cosas atragantadas sin poder decir. También aclaro esto último porque se puede entender que estaba en medio de la organización del velorio de mi padre, y no. Cosas atragantadas. De eso hablo. Y quizá también puedo agregar lo del enojo, la ira y la tristeza.
Pero no lo quiero instalar como algo certero porque en aquel momento lo cierto nada más era reventarse los fines de semana y que todo realmente importe una mierda. Después, el domingo a la tarde. Y después, el lunes. Era atravesar días insulsos hasta llegar al fin de semana y reventarse. Reventar de euforia para poder llegar a su pico más alto aunque después inevitablemente en algún momento hubiera que bajar.
Volviendo al momento en que empezó a pasar todo aquello y volví a ese ejemplar de Ramos, encontré subrayada con lápiz una frase que decía: “imagino que aburrirse y cambiar cada tanto de pareja es, en todo caso, el karma que deba arrastrar por la vida”. Supongo que en 2015, por algún motivo, decidí sobresaltarla. No lo recuerdo con certeza. En resumen, cuando empezó a pasar todo aquello, yo volví a apropiarme de esa frase de Pablo Ramos como si siempre hubiese sido mía. Como si realmente mi karma fuese ese. Hoy me doy cuenta que estaba siendo bastante cruel, que le estaba quitando importancia a los más de mil ochocientos meses vividos con una persona a la que vi dar amor e incondicionalidad hacia alguien de manera desmesurada. Y ese alguien era yo, que también puse más de mí de lo que alguna vez hubiese imaginado.
Lo curioso de esto, de querer y sentirse querido, es lo que viene después de eso: de la persona que recibí el amor más genuino, también conocí su peor versión de sí misma, que a su vez también me vio a mí siendo miserable, horrible, despiadada y andá a saber cuántos adjetivos más con connotación negativa habrán pasado por su cabeza cuando empezó a pasar todo aquello y hasta el último día en que todo, por fin, concluyó.
Acabo de volver a leer el párrafo de arriba y veo que fui bastante dura para describirme a mí. Ja. Siempre igual. Qué cómodo me queda el sentimiento de culpa y cuánto lo detesto.
Ah, mil ochocientos meses son aproximadamente cinco años. Quise escribirlo en meses porque nunca conté nuestros aniversarios de esa manera, como hacen las parejas comúnmente. Ahora puedo hacerlo. Ahora que me separan una buena cantidad de meses del momento en que sucedió todo aquello.
Volviendo a la frase de Ramos y pensando y escribiendo con la impunidad que siente uno cuando cree que no va a ser leído, puedo entender por qué siento que además de ser del autor, es también un poco mía: en ella hay resignación, también algo de aceptar que no se puede ir contra uno mismo y que la sensación de insatisfacción cuando de vínculos se trata es realmente una bosta pero no por eso menos honesta. De alguna manera, va a volver y siempre te vas a sentir una bolsa de basura en el fondo de un container porque querés no sentirte insatisfecho, pero te sentís, loco, es así. Por las dudas, me estoy hablando a mí, en verdad. Si esto que leés se vuelve un espejo, perdón o de nada, o ambas, no sé. Tampoco sé si alguien va a llegar hasta acá con la lectura. Pero si llegase a pasar y vos, quien seas que llegaste y te preguntaste una o más de una vez qué fue todo aquello que sucedió, bueno, es muy probable que le dedique un texto aparte. Aún ni siquiera sé si voy a poder escribirlo de manera justa y correcta. Tal vez acuda a inflamar el relato de los hechos, para que te enganches y en definitiva no sepas qué fue verdad y que está un poco distorsionado.
Sí, seguramente haga eso: convertir en ficción algo que en la realidad ni en pedo hubiese elegido atravesar.
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