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Alérgeno Intratable.

Aug 27, 2024

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El cambio de estación la tenía postrada en la cama desde la semana pasada. Al despertar, juntó valor para levantarse e ir al baño, arrastrando sus pies sobre la alfombra.  Aún sentía todos los músculos atrofiados por el letargo de la convalecencia. Con esfuerzo logró sentarse en el retrete y mientras se aliviaba cruzó la mirada con su reflejo en el espejo.Tan solo ver su rostro era suficiente para horrorizarse: el cabello parecía una mascota abandonada, las ojeras cubrían casi toda su cara dándole un tono morado poco saludable, y los labios, agrietados e hinchados, aún mostraban las secuelas de la fiebre. Pensó que, si ya se había levantado, quizás debería hacer un esfuerzo más y buscar algo para comer después de dos días alimentándose solo de líquidos.


No se atrevió a prepararse unos huevos revueltos con una tostada como era su desayuno de cada día. Puso a hervir agua y se sentó en la silla con una manzana en la mano enfrente de la ventana de la cocina. Allá abajo todo parecía estar como siempre, a pesar de que ella no había pisado la calle desde el lunes pasado. De repente, justo antes de que el agua empezara a sonar, un hombre se detuvo del otro lado de la calle mirando hacia su fachada. A primera vista y desde la distancia no lo reconoció, pero en dos segundos ya supo perfectamente de quién era. El hombre se lleva su teléfono a la oreja y el de ella empieza a sonar. 


  • Hola, te estoy viendo. No parece que te haya dado mucho el sol últimamente. ¿Estás bien?

  • Te dije que no quería saber más de ti, ni nunca quise saber nada. Vete. 

  • ¿Estás enferma? Puedo conseguir que alguien vaya a cuidarte si no quieres verme a mi.

  • Tú eres el enfermo. - Dijo ella y colgó. 


No quería gastar más energía con esa situación. Agarró una taza, la llenó con el agua caliente, le puso la bolsita de té y se volvió a la cama. Cuando se apoyó en el respaldo con la taza en las manos, soplándola antes del primer sorbo, alguien golpeó en la puerta.


Se levantó y, moviéndose más rápido que antes, llegó a la puerta y miró por la mirilla. A través del ojo de pez vio a la persona que menos quería ver, agitado por haber subido las escaleras corriendo, mirando fijamente al suelo.


  • Deja que te vea, sólo quiero saber que estás bien.

  • Voy a volver a llamar a la policía si no te vas ahora mismo, con suerte esta vez consigo a alguno que quiera hacer su puto trabajo y te encierre. - Le gritó desde el otro lado de la puerta. 


El portero sube al piso y se lleva al energúmeno que ya no se resiste y da el show por terminado mientras lo agarran del brazo La mujer suspira y lo observa irse desde la ventana del comedor. Era peor que la enfermedad. Sin duda, su presencia duraba más que cualquier patología que pudiera recordar. Ya casi tres meses desde que, por mala suerte, se cruzó con un desequilibrado que la tomó como objetivo y se niega a salir de su vida, aunque sea en el papel de un perseguidor maníaco que la amedrenta.



Cada primavera, este ataque inmunodepresivo le hacía perder al menos un par de días de actividad normal, hasta que un inyectable cortaba el padecimiento de raíz. Pero este año, había dejado que su cuerpo se rindiera desde el primer síntoma, viéndolo como una purga necesaria. Sudar y excretar todas sus impurezas internas, forzando así un cambio interior que la dejara lista para el nuevo semestre.


Ahora se sentía mucho mejor. La carrera hasta la puerta y los gritos hacia ese idiota eran prueba de que estaba lista para enfrentar lo que viniera. Incluso maldecía no haberle abierto la puerta y, para sorpresa del susodicho, reventarle la cara con la estaca de madera que guardaba precavidamente en el paragüero. No hubiese pasado mucho más, con toda seguridad Rolando hubiese subido igualmente por el alboroto como hizo antes y se lo hubiese llevado con la nariz rota hasta abajo, a empujones para que el goteo de sangre no ensuciara el suelo que había fregado al medio día. 


La sangre se le calentó, los ojos se le iluminaron. No quería esperar a que su cuerpo se tuviera que ver perjudicado para que le dieran la razón. Se sentía invadida desde hace tiempo; ese hombre se le metía de forma no solicitada en sus pensamientos cada día. Recibía de ella más atención que cualquiera de sus amantes con los que sí había sentido, al menos por el tiempo necesario, un genuino afecto. Sabía que eso era lo que él pretendía, y lo que más le molestaba era que él pudiera regodearse en el éxito de su propósito. Seguro que ahora estaba con una media sonrisa, caminando de vuelta a su cuchitril, y lo último que espera es un palazo por la espalda.



Bruno Lorenzo

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