Alejandra Ponce llegó con el equipo de mate y se sentó en la piedra más alta para que la vieran todos, como que le cuesta no llamar la atención a la atorranta esa. Y sé muy bien que muchos se van a llevar las manos a la cara tapándose la boca, como diciendo ¡cómo va a decir que es una atorranta! Bueno, para todos esos que se rasgan las vestiduras con mi forma de hablar: Alejandra Ponce es una atorranta, una trola, una zorra (con perdón de los zorros), una fulana, una cualquiera, una ramera, una marrana. Y no sigo porque prefiero guardar saliva para armarme un cigarro.
La atorrante esa, con su carita de mosquita muerta, de yo no fui, que me dan ganas de surtirla de un bife a ver si reacciona de una vez o si se le cae la careta de Carlitos Balá que tiene puesta. Esas mosquitas muertas son las peores porque mucho ji ji ji, ja ja ja y por dentro les fluye veneno en las venas en vez de sangre. Pero bueno, árbol que nace torcido jamás su tronco endereza.
Yo la vi en seguida allá arriba de la piedra y automáticamente pensé ojalá que se tuerza un tobillo, se caiga al río y se abra el cráneo para que todos puedan ver lo que hay realmente adentro de esa cabecita: NADA. Igual que adentro del pecho. Alejandra Ponce no tiene corazón. Tal vez cuando nació, su mamá se lo sacó y se lo hizo a la parrilla a los chocos. No sé, es una hipótesis que manejo.
Yo la veía desde la otra orilla del río, la empecé a mirar fijamente y no sé muy bien si ella no me vio o si se hacía la otaria, la muy hija de una perra en celo (con perdón de los perros).
Ahora te voy a sorprender por la espalda, como hiciste vos aquella noche, con una mano te voy a agarrar de esa cola de caballo de atorranta que te hacés, con la otra te voy a tapar la boca y antes de que puedas mover las extensiones de pestañas que te hace la mersa de tu cuñada te voy a arrastrar hasta el río y te voy a hundir la cabeza en el agua, hasta el fondo te voy a llevar, hasta que sientas las piedritas arañándote esa cara de Barbie mal hecha que tenés. Y me vas a rogar que pare pero no te voy a oír porque tus gritos desde allá abajo se van a transformar en burbujas. Y desde afuera del agua te voy a decir (y espero que me escuches bien) que a mí no me gusta andar aplicando correctivos a las atorrantas como vos pero, menos me gusta que se anden acostando con mi marido sin mi permiso.
– ¡Eu! ¿Me escuchás? Te acabo de hacer una pregunta. ¿En qué estás pensando?
Y partiendo una ramita que tenía en la mano dijo en nada, en qué voy a estar pensando. En lo lindo que está el río para pegarse un chapuzón.
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