Ayer me tocó acompañar una despedida cercana. Algo tan común como trágico y tan natural como doloroso. De ahí me puse a pensar en mi propia vida y especialmente en mi propia muerte. No hay nada tan absoluto ni definitivo en este plano, como la certeza de su propio final y creo que es por eso que se le tiene tanto miedo. La muerte no viene con un botón de arrepentimiento, no tiene un control-zeta ni posibilidad de devolución.
En mi persona no hay lugar para el miedo a la muerte, pero sí para el respeto. Aunque es importante destacar que este respeto no surge del rigor como podría ser el respeto a una autoridad, sino que viene del amor, como el que se le tiene a un padre o a una madre. Su palabra es tan definitiva como la de nuestros padres y, en ambos casos, confiamos en que nace de una sabiduría que hoy no tenemos y que incluso a veces nos cuesta ver o entender. De igual manera, es tan natural que nuestros padres busquen siempre lo mejor para nosotros como lo es para la muerte, empujándonos a sacar lo mejor de la propia vida. Y es tan cierto que sin muerte no hay vida como que sin amor no hay padres.
Quiero que, cuando termine mi partido, solo se derramen esas pocas lágrimas obligadas que destraban el corazón y alivian el alma. Ni una más. Quiero que mi vida sea recordada con alegría, con risas y amor, desde el pitazo final y hasta que mi recuerdo se evapore de las mentes de quienes sigan en la fiesta.
Quiero que mi avatar sea incinerado para que sus llamas me recuerden que el camino es para arriba y que su fuego queme los nudos que me atan a esta vida. Me angustia pensar en un asfixiante cajón cerrado y aplastado por gusanos y tierra. Prefiero imaginar un cuerpo tan libre como el alma, desvaneciéndose y volviendo a ser uno con el todo.
Quiero que mis restos descansen en todas partes y en ninguna para que quien quiera evocar mi recuerdo pueda hacerlo sin compromiso ni sentimiento de deber y desde donde sea que esté. No quiero que me visiten en ningún lugar más que adentro suyo, entre amigos o en familia, siempre con alegría y con una copa de tinto en la mano.
Soy un afortunado de la vida, no encuentro nada importante que me falte ni grandes cosas por reprocharme. ¿Qué más puedo pedir? Así como Julián completó el fútbol a los veinticuatro años, yo estoy completando la vida con solo diez más.
Siempre hay nuevas cosas por hacer y desafíos por enfrentar, pero a mis treinta y cortos me puedo dar el lujo de tachar lo fundamental para una buena vida. Ya tengo las figuritas brillantes del álbum, los escudos de las selecciones y la de Messi. Está claro que podés pensar que te falta la figurita del extremo derecho de Costa de Marfil para completar el álbum, pero también podés mirar las brillantes, los escudos y la de Messi y permitirte disfrutar de la vida tal y como está. Por eso hoy me animo a dar por completado mi álbum y, si bien cualquier otra figurita que llegue será más que bien recibida, tendrá un leve sabor a gula.
Mi fortuna viene de contar con una familia amorosa que me brindó una infancia feliz, contenida y despreocupada. De contar amigos de fierro que me acompañaron y ayudaron toda la vida, haciéndola interesante y divertida. De haber encontrado una mujer de oro que me elige y me hace mejor persona cada día, que me recuerda las cosas importantes de la vida y me hace sentir en casa siempre. Me siento afortunado además por tener una hija en camino que, incluso sin haber llegado, me permite sentir que hay un nuevo tipo de amor y de temor, que me deja espiar mi propio reflejo en su vida y que me invita a transitar juntos este nuevo camino que se nos abre, lleno de aventuras, dolores y alegrías. El resto es puro cuento.
Agradezco y reconozco también mi buen pasar, que es fruto del esfuerzo propio, pero por sobre todo del sacrificio de mis padres que supieron apretar los dientes en los momentos más duros para poder sentarme en una silla de privilegio. Con su incansable trabajo y esfuerzo me sacaron a flote aun cuando, haciéndolo, ellos tragaran un poco de agua. Soy un dichoso que nunca tuvo que sufrir por falta de pan ni de abrazos.
Mi única preocupación, si es que puede llamársele así, es cuál será mi última palabra, con quién estaré compartiendo ese momento, cuál será el último pensamiento que me cruce la mente y cuál será el libro que dejaré a medio leer. Me animo únicamente a volcar este pensamiento, sin imaginar posibilidades, porque no hay nada que yo pueda hacer y porque, sean cuales fueren esas respuestas, tengo plena confianza en que van a estar bien.
Amo lo que tengo y logré, como también amo lo que no pude lograr ni tener, porque para llegar a cualquier lugar son tan importantes los pasos que das como los pasos que dejás de dar. Porque la vida pasa por elegir y por cada elección que hacés, también rechazás un montón de otras cosas. Los golpes, las caídas y las frustraciones son fundamentales también, porque cada tropiezo sufrido, cada lágrima ahogada, cada decisión no tomada y cada cicatriz recibida te forjan como persona y te marcan el rumbo.
Todo lo que soy y también lo que no soy me permiten estar hoy completando este álbum hermoso que es la vida. Y es por eso que, aunque mi deseo pudiera ser el de quedarme acá otros mil años más, sé que cuando salga mi número en esta ruleta, mi alma va a volar libre y con una enorme sonrisa llena de satisfacción y alegría.
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