La primera vez fue ahogo,
fue un agujero azul,
fue creer que solo había un camino:
salir o rendirse.
Y saliste.
Con ayuda de unas olas amables
encontraste un sendero improvisado,
y aprendiste a nadar.
Nadas con tu ritmo,
sin prisa,
sin pausa,
continuo,
cómodo,
solo nadar y ya está,
hasta que el cuerpo,
por naturaleza, se cansa.
Entonces llegó el macareo.
Y luchas,
nadas,
pero no lo consigues,
porque estás cansada
y te ahogas,
y vuelves al agujero azul.
No el de antes,
otro,
pero se siente igual.
Te ahogas igual.
Y piensas, tan cansada:
“Lo logré una vez…
¿podré dos?”
Esta vez te das cuenta
que no estás tan sola en ese océano,
pero no logras adaptarte
al ritmo de las olas,
y solo te cansas más.
Todo se siente familiar, y da miedo,
aterra.
La voz volvió:
“Lo logré una vez…
¿podré dos?”“¿Puedo aguantar otra vez?”
El agujero era distinto,
más pesado,
menos agua,
más hierro,
un imán que tiraba al fondo.
Pero eres terca,
y recuerdas las olas
que una vez te rescataron.
Sabes que en el mar
hay olas nuevas,
distintas,
pero con algo conocido en ellas.
Y luchas,
y nadas.
Sabes que eres una excelente nadadora.
Sabes que puedes hacerlo.
Y que en la superficie te esperan las olas,
esas que te permiten descansar
y contemplar la luna
y sus estrellas.
Así que no te rindes.
Pero se sigue sintiendo
el agujero más denso,
más pesado.
Y la pregunta no suelta:
“¿Lo conseguiré?”
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