No recuerdo la primera vez que toqué el agua, creo que tendría cuatro años y apenas sabía nadar. Lo único que recuerdo es el cansancio en la planta de los pies de tanto correr, la molestia de la arena atrapada en el pelo enmarañado, en las orejas, los dedos mojados, las manos, la textura de los caracoles guardados en el bolsillo.
Mis ojos chiquitos y curiosos frente a la inmensidad, la furia y la calma, la fuerza del impacto, todo lo que se mece. El vaivén hipnótico, el trance, la sal secándose en la piel, la descamación lenta por el sol y ese viento como silbido inflando mi campera hasta helarme los huesos. Mi cuerpo temblando acalorado.
Reirme, llorar, enfermarme, saltar, correr, enojarme, cansarme, dormir. Sacarme la arena del cuerpo, mamá desenredando mi pelo lleno de ondas, la tía regalándome una pulsera de algún hippie cansado de tanto hacer, papá enseñándome a jugar a las cartas, cosa que nunca aprendí, el títere que me regalo el abuelo que se me desarmó en el camino, el cuento que me leyó la abuela, corto, como un suspiro. Yo, descubriendo mi enorme fascinación por el mar y todo lo que abarca.
Todo lo que esconde también.
El sol, la sal, el mar.
Yo, esperando ¿esperando qué?
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