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AGAROFOBIA

Aug 21, 2026

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AGAROFOBIA
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                                         AGAROFOBIA

El campaneo del reloj de pared retumbó en el quieto salón. Al rato se oyeron apagados chirridos de puertas abriéndose, y el salón se colmó de desorientados y somnolientos rostros. El último en aparecer fue el más pequeño, que se ubicó con discreción en el sitio más alejado de la gran habitación. Desde allí observó los breves y exactos movimientos de sus padres y sus dos hermanos aprestándose a salir. Cuando estuvieron listos, el padre miró al pequeño y le preguntó si iría con ellos.

-Me quedo- fue su escueta y contundente respuesta.

-Quieras o no, pronto saldrás- le advirtió su padre.

Temblando, el pequeño lo miró en silencio.

-No te preocupes cariño, te traeremos algo para comer- le dijo dulcemente su madre al tiempo que le lanzaba una dura mirada al jefe de familia.

Subió al altillo para ver cómo todos partían alumbrados por las opacas luces de neón de la lejana avenida. Hizo el intento de subirse al alero, pero recordó la vez que atinó a salir de la casa sin permiso y los niños que jugaban en la vereda, al verlo, escaparon gritando: el mostroo…el mostrooo…    

Aburrido, decidió recorrer por enésima vez la ancestral inmensa casona. Se dirigió por el pasillo alfombrado hasta el salón de los cuadros, donde mustios e impávidos, los rostros de parientes sin nombre parecían observarlo. Después se dirigió hacia el ala donde se ubicaban los dormitorios. Con timidez de primerizo, bajó lentamente el picaporte de la puerta y con paso indeciso entró a la habitación de sus padres. Observó todo sin tocar nada pues estaba seguro de que si lo hacía, ellos igual se enterarían. Parado en medio de la habitación curioseó con la vista el longevo empapelado de las paredes, los gastados muebles de otras épocas y el ornamentado ventanal clausurado con gruesos ladrillones. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue el penetrante y denso olor a ropero viejo que lo dominaba todo.

Abandonó la habitación y retornó al salón, y allí se quedó, apoyado sobre la saliente de la chimenea, sintiendo en su cara la tibieza del rescoldo de las chamuscadas maderas. Rato después oyó a los niños reír y saltar en la vereda. Alentado por el jolgorio se dirigió a la ventana que daba a la calle, y con precaución corrió levemente el cortinado para observar cómo, en la invernal oscuridad, los pequeños jugaban a perseguirse, hasta que uno, señalando hacia la ventana exclamó asustado: ¡miren, allí, allí!  Los niños huyeron gritando en tropel, mientras él, suspirando, se apartó de la ventana con gruesos lagrimones marcando su cara.

-¡Quisiera ser valiente… valiente y fuerte… fuerte de colmillos y fuerte de dientes… y tener músculos gordos, grandes y potentes!- exclamó acongojado.

Como respuesta, el lejano retumbar de un trueno anunció que pronto el ritmo de una invernal tormenta azotaría la noche yerma. Acompañado por el golpeteo de las primeras gotas, encaró hacia las escaleras que lo condujeron al sótano. Al principio dudó en entrar, pero después de un rato se armó de valor y fue entornando lentamente la puerta hasta abrirla por completo. Entonces lo vio: coronando la pared opuesta y cubierto por un gastado y oscuro lienzo. Se acercó hasta quedar a centímetros del oculto espejo, el único existente en la casa pues estaba prohibido tenerlos. Tenía miedo, pero necesitaba saber cuán de monstruoso era en verdad su aspecto, cuánta era la fealdad que provocaba que los niños se asustaran. Dentro del sótano, los truenos retumbaban lejanos. Respiró hondo, cerró los ojos, y de un tirón apartó el lienzo del espejo. Abrió los ojos y lanzó una exclamación de asombró al ver que en el espejo solo se reflejaba la imagen de la puerta ubicada a sus espaldas. Con manos temblorosas colocó de nuevo el lienzo y luego se ovilló en un rincón. Los truenos habían dejado ya de resonar. Horas después, su piel engallinada le advirtió que su familia regresaba. El ruido de la puerta principal al abrirse, los contundentes y pesados pasos y el murmullo de voces le confirmaron que se familia estaba de regreso. De inmediato, su padre, con voz desabrida pero potente, preguntó por él.

Salió del sótano y subió las escaleras haciendo tremolar a su paso las llamitas de las velas. Segundos después apareció en el salón exclamando: ¡aquí, aquí estoy!

-Te trajimos algo para que comas- le dijo dulcemente su madre, depositando sobre la mesa a una extraña y pequeña criatura que miraba todo con ojos de espanto.

-No tengo hambre- respondió él, con un hilo de voz.

-Entonces vete a dormir- fue la contundente orden de su padre ante la mirada de reproche de su esposa.

Se retiró a su habitación oyendo tras de sí los desesperados chillidos de la criatura mientras era desguazada a mordiscones por sus hermanos mayores. Entró a su habitación y con resignación se introdujo en su lustroso cubil. Luego estiró su brazo, tomó la tapa, y colocándola sobre el hueco tiró con fuerza para trabarla en la madera. Entonces percibió cómo él y su infinita soledad, en ese instante se hicieron una.

 

 

 

 

Roberto Dario Salica

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