Espero que el vacío no se convierta en algo cotidiano, que el frío no encuentre un hogar en mis huesos, que el viento que escucho afuera no logre entrar. Quiero poder esperar que llegue la noche sin temer por mi fragilidad, sin tener que abarrotar las ventanas hasta el cansancio, hasta quedarme sin espacio, hasta que el ruido se calle.
¿Será verdad que el contacto con nuestra parte oscura da lugar a un mundo sin explorar, que abre puertas a otra realidad, en la que no nos conocemos (y tampoco podemos), para poder reflexionar, dar lugar a preguntar, quién realmente somos? Creo que las gotas que caen afuera pueden tener la respuesta, son tan ruidosas, golpeando contra la chapa... ¿Estarán tan solas como yo? Quieren entrar, no las puedo dejar entrar.
Anoche pasó solitario un caballo, sin dueño, sin marca, sin lugar a dónde ir. También llovía afuera. Solo sé que pasó porque espiaba entre las maderas de la ventana (tanto dolor me causó ponerlas). No debería. Me vio, estoy segura que me vio. No debería mirar hacía allá, hacía el Afuera. Es más seguro acá adentro, donde el frío no me toca más, donde tengo mi hogar, donde solo me quedo a escuchar todo lo que pasa en el exterior, a donde no pertenezco, de donde me escondo, de donde huyo y desaparezco.
Hace un par de noches no era así. El miedo no me acogotaba y podía respirar. Sabía cómo reconocer la textura del pasto y el color del cielo, cómo diferenciar el temor de la alegría. Antes, tal vez, no sabía. Quería creer que todo estaba bien, que no pasaría otra vez, que mi mente no se carcomeria hasta el punto de ya no ser funcional. Hay hoyos donde antes había memorias y gusanos donde solían habitar estrofas. La decadencia es lenta al principio pero cuando la reconozco se apresura y me termina tomando por sorpresa, desprevenida y sin prepararme.
Siempre termino acá, en esta casa de cristal y chapa, que es todo lo que tengo. Cada vez más cristal que chapa. Cada vez más difícil ocultar el Afuera con maderas. Cada vez más frágil, más propensa a desmoronarse por el roce del viento (o de un caballo compañero que también se quiere refugiar). El Afuera se torna más feroz con cada tormenta, no sé controlarlo y mi escondite tiembla ante la lluvia. En el techo hay goteras. Mis huesos empiezan a sentir el frío. Me pregunto cuánto tiempo me queda hasta que todo se caiga abajo. Espero que no mucho. Le pido a la lluvia que sea piadosa y que me otorgue solo este pedido, nunca la he ofendido. Dejame irme en paz, ya no me hagas temblar, estoy rendido. Por favor, liberame de este castigo.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión