Adiós, Casita.
Fuiste mi nido todos estos meses y mi compañera en este viaje de autodescubrimiento durante el tiempo que te habité.
Retomé mi pasión por la escritura y la introspección en el silencio que proveías.
Encontré consuelo entre tus cuatro paredes y el murmullo del techo de chapa me arullaba cuando llovía y los pájaros que anidaban en el balcón me avisaban cuando amanecía.
Aprendí a ser un hombre más resolutivo del que ya era. Cuando arreglaba lo que fallaba o se rompía en tí, también algo se reparaba en mí.
Me acobijaste cuando perdí el trabajo, eras mi guarida entre los viajes a la clínica y fuiste mi refugio cuando perdí a mamá.
Si no fuera por mi situación económica actual, continuaría la aventura.
Pero toca despedirse y empezar desde cero otra vez.
Gracias por todas las lecciones!
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