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Adicción, Meditación y Amor

Santiago

Feb 23, 2026

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Adicción, Meditación y Amor
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Desde noviembre hasta marzo, Don Benjamín me instruyó en los pormenores de la meditación. Meditábamos juntos desde las 5:30 a. m. hasta las 7:00 a. m., y luego una hora más en la noche.

El resto del tiempo lo pasábamos comentando los hallazgos del proceso y atendiendo su huerta. Sin embargo, yo nunca decidía cuándo irme o cuándo regresar; siempre era él quien lo indicaba.

Primero vino la observación: conciencia y pensamiento no son equivalentes. Luego, la constatación de que las ideas y las emociones funcionan de manera automática. El siguiente paso no fue descubrir algo nuevo, sino estabilizar esa percepción.

—Santiago, todos estamos identificados con la realidad percibida a través de nuestras emociones e ideas. Damos por sentado que somos lo que pensamos. Pero ahora que usted lo ve, empieza a notar lo artificial del asunto. A uno le inoculan roles, deseos, incluso emociones, y le enseñan a creer fervientemente en ellos. En algún punto, el observador y lo observado se fusionan. Y la conciencia, compulsivamente, vive el deseo inoculado.

Vivir deseos inoculados de forma compulsiva es lo que algunos llaman su vida.

Se casan. Buscan libertad financiera. Crían hijos. Y no es que nada de eso esté mal. Lo inquietante es que casi ninguno ha confrontado de dónde nacen esos impulsos. Todos creen que eligen auténticamente. Pero basta verlos abrirse paso a sangre y fuego por el mundo.

Nosotros, los hombres, Santiago, somos un ejemplo triste. Nos dicen: “Conquiste hembras. Tenga sexo. Tenga pareja”. Y asentimos. Salimos desesperadamente a seducir, a competir, a comportarnos como salvajes refinados. Cada mujer se convierte en posibilidad: sexo o amor. Y el mundo se reduce a dos categorías: con esta sí, con esta no.

Eso cierra el corazón. Porque todo se vuelve clasificación.

Usted dirá que todo es inoculado. Y sí, todo lo es. Pero cuando uno medita y ve que ha sido una marioneta, se abre una grieta: decidir si quiere seguir así. Y quien alcanza a ver eso ya no puede reducir su mundo a dos opciones.

Cuando digiere las inoculaciones —si su estructura mental es lo suficientemente sólida y sana— lo que los místicos han llamado “amor” se hace presente.

El amor.

Esa fuerza íntima que es la realidad misma.

Infinita. Atemporal.

Y entonces puede dar el paso hacia la verdadera sabiduría.

—¿Solo el amor puede liberarnos de la prisión del deseo y los hábitos compulsivos en los que está atrapada nuestra alma, Don Benjamín? —pregunté.

—Santiago… —sonrió—. Usted ya está viendo, pero anda calladito. No he conocido un solo homo sapiens sin algún hábito compulsivo. Todos expresan un hambre infinita que intenta saciarse con medios finitos, los únicos que el ego tiene a la mano.

La compulsión es devoción disfrazada.

En ella buscamos algo que el ego todavía no sabe nombrar.

Esa hambre solo puede satisfacerse con una fuente infinita. Y esa fuente es el amor.

No importa cuántos baretos, cigarrillos, aguardientes, viajes, libros o rutinas consumamos. Al final del deseo solo hay insatisfacción. Luego miseria. Luego nuevo deseo. Y el ciclo comienza otra vez.

Pero cuando se percibe la naturaleza del amor, incluso con bareto en mano se sabe que no es marihuana lo que se busca.

—Aquello que buscamos no puede ser poseído —dije.

—Muy bien, muchacho. Berraquito.

Me dio unas palmadas en el hombro mientras yo cargaba los cincuenta kilos de café que habíamos recogido esa tarde. No dijo nada más. Tampoco era necesario. Regresamos a la casa en silencio.

Santiago

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