Aparece, lo detona una palabra, una foto, un recuerdo. Aparece. No lo llamo, no lo miro.
Aparece.
Para recordarme que habita en mí. Le voy a decir acuarela.
Aparece acuarela. Para teñirme el momento y recordarme su existencia. Con la que batallo constantemente. Y es una mezcla de sentimientos, por un lado aparece el “no mereces esto” y mi juicio, mi mirada contra mi. diciéndome
-¿te acordas que tenes acuarelas, no?
Me juzgo por tenerlas y me siento mal por saber como tiñen todo lo que tocan, como dejo que tiñan todo lo que tocan.
Escribo para hablar de ellas, para decir que no soy yo, seguramente las tenga que llevar, pero yo voy a decidir cómo va a ser nuestra relación.
No van a venir a teñirme todo, siempre.
Es una mezcla de pena, culpa y tristeza
Es responsabilidad mía no tener agua cerca para que no tiñan tan seguido mis hojas.
Es responsabilidad mía tener lapices, crayones, temperas y oleos. Que si me gustan que pinten mis hojas, me gusta como se ven las hojas cuando las pintan y como me siento yo cuando las hojas están pintadas.
Acuarelas, ya pintaron demasiadas hojas que hasta sentí que era la única forma de pintar, pero ya no. Las conozco, conozco sus tonos, como empapan todo y los grandes matices de un solo color.
Me recuerdo que trabajé mucho para tener los otros materiales que AMO y me hacen muy bien. Me trajeron hasta acá, pintamos mucho juntos, tal vez, eran necesarias en ese momento, pero ya no.
Y cuando por descuido acerque agua y sienta que ese color esté por teñir algo voy a decirles, “acuarelas, ya no”.
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