A una persona altamente sensible como yo, que necesita confirmación explícita de consentimiento para poder intervenir en cualquier cosa, se le hace bastante difícil acompañar sin ése sentimiento de fatalidad inminente. A veces, acompañar a alguien me cuesta tanto porque siento que lo estoy haciendo de forma equivocada, como si irrumpiera en su vida sin permiso. Como ladrón en la noche o omo un auto que pierde el control y se estrella en el living de tu casa mientras estás cenando. La idea de invadir, aunque mi intención sea ayudar, siempre me persigue.
Se complica mucho más cuando la persona a quien deseo acompañar en una situación sensible o compleja es alguien a quien quiero, respeto y valoro mucho. La contradicción me consume: por un lado, siento su dolor como si fuera mío, pero por otro, sé que no puedo forzarles a aceptar mi ayuda. El dolor ajeno me duele a mí también, y el deseo de aliviarlo es tan fuerte que me siento atrapado entre intervenir y respetar su espacio.
Tengo mis teorías sobre esta dificultad y la que siento como más factible es el hecho de que no fui al jardín de infantes. Había aprendido a leer en español a los 4 y antes de cumplir 6 ya leía y articulaba frases y pensamientos en inglés. Esto claramente fue en una época donde no existía la tecnología como existe hoy y un momento en el que no era ilegal no enviar a los niños al jardín de infantes. Creo que a pesar de que al arrancar primer grado ya leía textos complejos y podía recitarlos de memoria y leerlos rápidamente, lo que me faltó fue aprender no solo de libros, sino de las interacciones cotidianas. No pude absorber las reglas y normas sociales que se aprenden observando a otros, esos gestos y señales sutiles que hacen que una conversación fluya sin problemas. Al no haber estado rodeado de otros niños, me costó captar esas dinámicas de 'lo que está bien' o 'lo que no'. Las neuronas espejo juegan un papel clave en eso, pero no pude aprender a incorporar estas dinámicas de manera natural.
Si a éso le sumamos el hecho de que además de ser alguien sensible, tengo la pulsión de evitarle a toda costa el dolor a los demás, tenemos entre manos un cóctel terrible. Si alguien a quien amo está sufriendo pero no está receptivo a ser ayudado, ¿qué hago? si siento su dolor como si fuera mío y quiero evitárselo. Si intervengo, le contacto para hacerle saber que no está sola y lo siente como una invasión o una falta de respeto, tendría que borrarme de la faz de la tierra.
Cuando algo la afecta, me entra una necesidad irracional de correr a su lado, de decirle que todo va a estar bien, que no está sola. Pero sé que, por más que mi intención sea buena, eso podría sentirse como un peso para ella, como una presión innecesaria. En esos momentos, la confusión me paraliza: ¿sería peor no hacer nada y que piense que no me importa, o sería peor invadir su espacio emocional con mi ansiedad por ayudar?
A veces me siento como un bombero que corre a apagar un incendio sin saber si va a destruir la casa con su presencia, o como un paramédico que llega al lugar de un tiroteo, queriendo ayudar pero temiendo que su intervención solo cause más daño. En mi mente, la urgencia de actuar se mezcla con el pánico de no hacerlo bien.
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