Oh, mi inabarcable, impreciso, indescifrable, inconcluso, impoluto mi amor, mi pecado, mi sentencia. Indiferencia mía, agua en los dedos, te me vas; sí, mi hombre, te venero. Te desprecio. No hay más. Ángel mío, mi Dios, sexo divino, mi carne salvaje, mi colina soñada, tierra de oro. Mío, mío, mío.
¿Qué fue de esta noche helada, errante, huérfana? ¿Quién es tu silencio mortífero, lejano? Amor retirado, se me entumecen los huesos; amor que me demuele las entrañas... amor, amor, amor.
En instantes precisos él se exponía ante mí. Exhibía palabras, canciones, gestos íntimos, sutiles; los seleccionaba con tal precisión que me veía sumergida en una corriente dorada de complicidad, que me hacía retorcerme de placer, de cariño —sí, cariño mío— al tiempo que la intuición severa del fin me susurraba en la oreja izquierda. De eso iba nuestra aventura. Y yo, perdida, loca, enamorada, sedienta, delirante, servía a esa ceremonia como la mejor de las mujeres nacidas y por nacer. Todo mi cuerpo se entregaba a la seducción de mi mal amado. Mi hombre, ¿por qué? Toda mi piel llevaba como marcas de su nombre, que aparecían y desaparecían aleatoriamente, creando una ilusión óptica, un caleidoscopio en sentido contrario: cicatrices desdichadas, preciosas, mi pena, surco mío.
Y ahora que la ciudad me hace a un lado, rincón inhabitable en medio del tránsito incesante, lamento el movimiento de mis labios, el desperdicio de mi prosa y mi parpadeo al dirigírtelos. Pobre de mis manos al extenderse hacia tu cuello distante, imposible. Y yo, tan joven y viajera, que fui una plumita, liviana, volada, etérea, aireada... caigo como una esfera de concreto al reconocer tu aguda perversión.
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