Oscuro como la profundidad del agua,
como el último clavel caído por el otoño;
resiliente como aire empujando nubes
e indestrucible como el centro del mundo.
Asesino cual si fuera
camino cuesta arriba.
Recorriendo el cielo
en sentido vertical
desprecio las montañas y los suelos,
el altiplano y los valles,
la miel y los conejos,
las tumbas y las flores.
Rezamos para huir del día,
para evitar la buena suerte,
para que no nos piquen las avejas
y añorar con tranquildad
lo que nos depara la muerte.
Nos exiliamos de los verbos,
retenemos la palabra del día
y la guardamos de los cuatro vientos
evitando que el cielo inquiera sus porfías,
manifestando la energía del suelo
para lograr digerir
y llamar a la vida.
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