El primer golpe verdadero,
la primera ausencia que dolí de verdad,
se llevó una parte de mí,
pero no pudo apagar tu luz.
Cuando el mundo se sintió grande
y me hizo falta un padre,
estuviste ahí,
con la palabra justa,
la mirada sabia
y el abrazo firme que todo lo ordenaba.
No hay un solo día en que no te piense.
Te quedaste en lo que me enseñaste,
en todo lo que sabías y me regalaste,
en la marca indeleble que dejaste en mi historia.
Sé que este dolor me va a acompañar siempre,
porque así de gigante fue lo que vivimos.
Pero hoy no solo me queda tu partida,
me quedo con tu vida,
con tu huella intacta
y con la certeza de que, al recordarte cada mañana,
nunca te vas a ir del todo.
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