Capítulo 1: No todo lo que no hace ruido está en silencio
La boca cerrada es una fachada mentirosa. Por fuera hay calma, una mandíbula apretada sin gesticular, labios sellados que simulan tranquilidad o indiferencia. Pero adentro hay un estruendo insoportable.
Nos enseñaron a medir el dolor por los gritos, por las palabras dichas con rabia o por el llanto que se desborda. Nadie nos advirtió sobre la violencia del silencio voluntario. Guardarse las cosas no hace que desaparezcan; simplemente las obliga a buscar otra salida. El pensamiento se vuelve un bucle infinito que retumba en las paredes del cráneo, una conversación unilateral que nunca se detiene.
Es entonces cuando el cuerpo empieza a hablar en su propio idioma. No necesita palabras cuando tiene nervios y tensión. Sientes una molestia sutil en la dentadura, un cosquilleo raro, una presión fantasma en las raíces como si los dientes estuvieran a punto de ceder, de flojear, de caerse bajo el peso de todo lo que no te atreves a decir.
Ese es el verdadero ruido: la vibración constante de una mente que no descansa, atrapada detrás de unos labios que se niegan a abrirse.
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