Mamá.
¿Cómo estás? Espero que bien. Yo, por mi lado, siento miedo.
Mamá, abrazame.
Por qué el más valiente de tus hijos siente que el mundo se le viene cayendo, como la copa que se asoma a la orilla, predicando su triste caída
De fondo, sin luz y contraste, al frente de su mesa en la cocina, la vela que ya lo esperaba veía con el mismo dolor la caída. Ella seguía encendida.
La copa, que tomada firme estaba con su decisión, vio el reflejo de la llama de quien veía la misma caída, sin querer que pase.
Mamá, dame fuerza.
Sabés que no creo en palabras inconclusas.
Mamá, quiereme un poco más, así siento menos.
Mi vida yace yutida. Sísifo entendería de esto.
Declina el día y se fatiga la luz. Casi con mis dedos palpo el destello que me encandila.
Cómo culpar a la vida. No me enseñó más que a sostenerme.
Quiero caer.
Quiero suelo.
Quiero por un momento perder el control de todo.
Quiero respirar la tierra, quiero abrazar un árbol, quiero por un segundo tocar el cielo, ser la misma brisa que aparece cuando me encuentro a oscuras.
Quizás eso sea lo que realmente deseo cuando digo que quiero caer.
No desaparecer.
Caer.
Dejar por un instante de sostener el peso de todo aquello que llevo entre las manos. Dejar que alguien más sostenga la copa, aunque sea por unos segundos.
Sentarme en el suelo y admitir que estoy cansado.
Mamá, ¿alguna vez te conté que tengo miedo?
Quizás fui demasiado bueno escondiéndolo.
Quizás confundieron mi silencio con fortaleza, mi manera de continuar con valentía, mi sonrisa con tranquilidad. Y yo también terminé creyéndolo.
Pero hoy no quiero ser valiente.
Hoy quiero ser hijo.
Quiero que alguien me abrace sin preguntarme qué me pasa. Quiero apoyar la cabeza sobre un pecho y escuchar un corazón que me recuerde que todavía estoy acá.
La vela seguía encendida.
Qué extraño.
Toda aquella escena parecía anunciar una caída, pero ella permanecía allí, pequeña, temblando con cada movimiento del aire. No podía detener nada. No podía sostener la copa. No podía hablar.
Pero seguía encendida.
Quizás la vida sea un poco eso.
Una llama diminuta que no promete que mañana será distinto, pero insiste en alumbrar esta noche.
Y entonces miro afuera.
El árbol sigue ahí.
El colibrí vuelve a bailar sobre una rama como si el mundo no hubiera aprendido todavía a romperse.
Pareciera que estuviera nombrando sus ramas. Aprende del baile del árbol, se vuelve parte de la danza.
Las hojas se mueven y, por un instante, parece que el árbol baila con él.
Quizás yo también tenga que aprender.
No a sostenerme.
A moverme.
A caer cuando tenga que caer y volver a levantarme cuando encuentre fuerzas.
A dejar que alguien me abrace.
A aceptar que hay días en los que la luz apenas alcanza para distinguir el camino.
Cómo culparte, vida, si me regalaste imágenes inéditas.
Un cielo tímido.
Un colibrí bailando sobre una rama.
El sonido de las hojas cuando el viento decide visitarlas.
La tierra debajo de mis pies.
El cielo sobre mi cabeza.
Y yo, en medio de todo esto, tratando de entender qué hago con una vida que por momentos siento ajena.
No sé quién voy a ser después de todo esto.
Y por primera vez no quiero saberlo.
Hoy me alcanza con estar.
Con respirar.
Con sentir la tierra debajo de mis pies.
Con mirar la llama.
Con esperar que amanezca.
Quizás mañana vuelva a levantar la copa.
Quizás mañana vuelva a sostenerme.
Pero esta noche quiero recordar que no todo tiene que sostenerse con mis propias manos.
Deseo luz.
Padezco paz.
Siento dolor.
Extraño amar.
Y aunque todavía no sepa cómo hacerlo,
quiero volver a sentir que la vida también me espera.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión