La tarde en Buenos Aires es un bloque de aire viciado que se niega a moverse, una masa de calor sólido que se incrusta en los pulmones y hace que el asfalto exhale un aliento de goma quemada.
No hay brisa, solo el débil zumbido eléctrico de los aires acondicionados que gotean sobre las veredas, formando charcos tibios que nadie quiere pisar. En ese bochorno, la ciudad se vuelve una trampa de cemento donde el tiempo se detiene a ver cómo todo se deshace.
Sobre Avenida Cabildo, el movimiento es una marea ciega. Entre el fragor de los colectivos y el brillo obsceno de las vidrieras, una mujer permanece anclada al suelo. Tiene la mano extendida, una palma abierta que parece esperar el peso de un milagro que nunca llega. Sus ojos, de un verde de agua estancada, están empañados por un llanto silencioso que le surca la cara sucia. Es una tristeza antigua, una que no pide permiso.
La gente pasa a su lado con una precisión quirúrgica, calculando el ángulo exacto para no rozarla, para no tener que mirar ese verde herido que desentona con el ritmo del consumo. Ella llora porque es lo único que le queda, un goteo constante que se evapora antes de tocar el piso ardiente.
Unas cuadras más allá, delante de una iglesia a la que ingresa una señorita con la mano cargada de anillos y exhala un frío artificial y esquivo, una pareja habita un colchón que hoy es una frontera. El calor ha vuelto el contacto físico una tortura. Ella está sentada en el borde, con la espalda encorvada por el peso de los días, agitando un vaso de plástico con un par de billetes tan descoloridos como su esperanza. A su lado, el hombre es una ausencia. Está acostado, completamente tapado por una frazada mugrienta a pesar de que el sol parece querer derretir las paredes. Se ha envuelto en ese capullo de lana rancia para no estar, para negar el mundo, como si debajo de ese abrigo pudiera construir un invierno privado donde la derrota duela un poco menos. Es un bulto inerte que ha renunciado incluso a la luz.
En el centro del desastre que es Plaza Constitución, un hombre canoso protege sus tesoros contra una pared con olor a orina. Tiene la piel curtida, del color del cartón mojado, y un cartel escrito con una caligrafía temblorosa que dice: "Una obra por una comida". Detrás de él, descansan sus pinturas. Son cartones recuperados donde ha plasmado visiones que estremecen por su desolación. Hay árboles secos, cuyas ramas parecen dedos amputados rascando un cielo plomizo, y gatos de un gris ceniciento que miran con pupilas enormes, cargadas de una desesperanza que ningún niño debería conocer. Son trazos de una inocencia rota, una belleza sucia que nadie se detiene a comprar porque la verdad que muestran es demasiado pesada para llevársela a casa.
Dentro de la estación, bajo el eco de los anuncios que nadie escucha, un hombre duerme apoyado en un puesto de diarios cerrado. Tiene la boca entreabierta y las manos caídas, como si se le hubieran soltado los hilos que lo mantenían unido al mundo. No tiene equipaje, ni boleto, ni un tren que lo espere en ninguna plataforma. Su rumbo es el vacío del momento siguiente. Duerme con una entrega absoluta, ajeno al estruendo de los rieles, convertido en una estatua de carne y hueso que el sistema olvidó retirar. Es un pasajero de la nada, alguien que llegó al final del camino y decidió que cualquier punto es un buen lugar para dejar de intentar.
Caminamos por estas calles y los vemos como se ve un grafiti borroso o una baldosa floja. Son nombres que nunca pronunciaremos, historias que preferimos suponer simples para no hundirnos con ellos. No sabemos desde cuándo la mujer ama al hombre de la manta, ni qué canción tarareaba la mujer de los ojos verdes antes de que el hambre le secara la voz. Ignoramos sus deseos, esos que alguna vez fueron tan urgentes como los nuestros, y los convertimos en fantasmas de asfalto.
Al final, lo más desgarrador no es su miseria, sino nuestra capacidad de atravesar su dolor sin que se nos mueva un solo pelo, mientras la ciudad sigue ardiendo bajo un sol que, al menos, no discrimina a quién castigar.
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