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    Fragmentos del pasado

    Dec 5, 2023

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    Fragmentos del pasado
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    —¿Hasta dónde desea ir? —preguntó el conductor del colectivo.
    —Voy hasta el correo, por favor.
    Dentro de los asientos disponibles, consiguió sentarse en el único que estaba al lado de la ventana. Qué bueno, voy a poder ver el atardecer, pensó. Apenas se sentó y acomodó su mochila entre sus piernas, otra persona que también se había subido se sentó a su lado. Era un señor mayor, y al igual que ella, también acomodó su equipaje. Cuando el colectivo arrancó y salió de la terminal de ómnibus, ella abrió su mochila y sacó una pequeña laptop. Sus pequeños dedos se movían a la velocidad de la luz. Sus ojos verdes iban y venían de izquierda a derecha, como si estuviese viendo un partido de básquet definitivo.
    El señor que estaba a su lado no pudo evitar mirar de reojo lo que ella estaba haciendo. Pero ella ganó la jugada de “quién habla primero” ante este hombre, como si fuese una experta en hablar con extraños.
    —Es un trabajo que estoy haciendo, me pone ansiosa tenerlo empezado y no haberlo terminado. Necesito terminarlo.
    —¿Es algo que tenga fecha límite? —preguntó él.
    —No, pero los límites de tiempo los manejo yo misma. Cuanto antes termine con esto, más pronto voy a poder comenzar lo siguiente.
    —¿Sos de trabajar mucho?
    —Mucho es poco. Además, me gusta aprender y estudiar cosas nuevas constantemente.
    Ella dejó de escribir por un momento, estiró su brazo para introducirlo en la mochila, y se puso a revolver. El hombre observaba, sin entender, hasta que ella sacó una pequeña cajita.

    La puso a su lado, y siguió escribiendo. Ahora él quiso eliminar su curiosidad, preguntando antes que ella.
    —Y eso es… ¿parte de tu trabajo?
    —Qué cosa… Ah, ¿esto? —dijo ella señalando la pequeña cajita. No, esto es algo que tengo que enviarle a un conocido. Por eso estoy viajando hacia el correo.
    —Es todo un tema que sea la única sucursal en toda la zona, ¿no?
    —Uf, si pudiera quejarme de todas las cosas que están mal, no terminaría más —respondió ella, con una sonrisa. Menos mal que existen las pequeñas bellezas de la vida.
    —¿Cómo cuáles? —preguntó el señor.
    De repente, ella dejó de hablarle y miró la ventana. Congeló su mirada hacia el exterior. Y por un instante dejó de prestarle atención a su alrededor. Luego, volvió a dirigirse al señor.
    —¿Por qué será que muchas veces corremos a un costado esas pequeñas bellezas que nos ofrece la vida?
    —Pero… ¿hubo alguna recién? —preguntó él, desconcertado.
    —Sí, y al parecer se la perdió. ¿No llegó a ver el atardecer?
    El señor quedó callado, y le mostró el teléfono celular que sostenía en su mano, como si le estuviese diciendo que estuvo mirando esa pequeña pantalla en vez de la ventana. Ella sonrió y le respondió.
    —No se preocupe, esta belleza de la naturaleza todavía se puede contemplar diariamente. Y con permiso, me bajo en la próxima.

    Ya había guardado la laptop en su mochila, pero la pequeña cajita todavía estaba en su mano. El señor no quería ser entrometido, pero la curiosidad le ganó una vez más. Ella se levantó del asiento, y cuando llegó al pasillo del colectivo, el rompió el silencio.
    —Espere. Una pregunta.
    Ella se dio la vuelta para dirigirle la mirada.
    —¿Sí?
    —La pequeña caja, la cajita. ¿Puedo saber qué tiene ahí?
    Ella miró lo que tenía en su mano, y sonrió nuevamente.
    —Es otra de las bellezas de la vida. Un pequeño disfrute que me gusta compartir. Es una cajita con saquitos de té, especiales para mí. Y son para alguien que no los consigue fácilmente.
    —Bueno, espero que le guste. Que le vaya bien.
    —Gracias, igualmente.
    Ella bajó del transporte y caminó tres cuadras hasta llegar al correo, que estaba por cerrar sus puertas. Llegó en el horario justo, y entregó la cajita que había preparado con esmero para enviar. Pero la mujer del correo encargada de cargar los datos del envío arrugó su frente.
    —Disculpe, ¿está usted segura de los datos? —preguntó aquella mujer.
    —Sí, por supuesto que sí —respondió ella.
    —Pero, ¿es correcto el destinatario?
    —Sí… ¿Hay algún problema?
    La mujer observó la cajita, la miró a ella, sonrió, dejó de sonreír al ver que ella iba en serio. Tomó aire, suspiró, y le dijo:
    —Lo siento, pero no podemos enviar algo en donde el destinatario figura como “Cabeza de Papa Frita”.

    Andrés Bustos

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