Hola, ¿hola? ¿Tengo que saludar? Estoy de vuelta en el prólogo, y creo que de ahí no pude moverme.
Ayer te hablé un poco del desastre en mi habitación y, creo que me ayuda un poco a entender quizá las cosas añadiendo metáforas innecesarias como quien no quiere la cosa.
Pero hoy quiero contarte que la ordené y me siento casi que hasta poderoso después de hacerlo, estarías orgullosa de habértelo contado otra vez, Vi.
Aún así, no me empujé a contarte esto por estar fuera de órbita una vez más, todo esto se nos deberá a que dentro del tarjetero supe guardar las cartas de las que antes no entendía ni dos palabras corridas por no saber leer cursiva, pero ey: ¡aprendí a leer cursiva! Y desde que puedo hacerlo, creo que sé leer el amor.
Siempre a destiempo obvio, nací prodigio para la impuntualidad emocional. Es hasta cómico leerme escribir con tanto esfuerzo en quitarme méritos, pero romantizando cada pérdida como si fuese parte de mi existir el echar a perder lo que no se debe y buscar alzarlo como un chamán que busca realzar un alma fragmentada por traumas.
Vi, ayer leí un libro dedicatoria dizque casi que le llamaría poemario, pero está dividido por dedicatorias, cartas, prosas, poesía y hasta menciones a otros autores. No soy muy fanático de ese tipo de literatura Vi, siento que se pierde bastante el hilo de las menciones a las cosas importantes.
Vi, ¿recordás cuando nos pusimos a leer las cartas de Pizarnik a Ocampo? Qué florilegio de la san puta, por favor, diría que en gran parte, haber tenido una regresión a ese recuerdo es lo que me está manipulando las manos como si estuviese poseído y hubiera olvidado todo el caos que estuvo pasando en esta distancia desde principios de mayo.
No tengo una cara que quiera mostrar ni un mensaje que quiera enviar que no esté completamente inundado en vergüenza producto de cualquier artimaña mía, por eso estoy acá, digitalizando lo escrito a mano diariamente que solo logro verbalizar cuando mi alma se acuesta debajo de un yunque que aumenta su peso según cuán claro se muestra tu recuerdo.
Pero Vi, ahora que pasé de discutirte por quién ama más al otro, ahora solo ruego porque charlemos sobre cómo odiarnos menos. Y aunque sea un amigo viejo del dolor, no es algo que se sienta bien para nadie, aunque nadie me importe y solo vos estés en mi campo de visión y pensamiento.
Desde el ego mismo creería que ya no vas a poder borrarme de tu existencia, mi presencia está impregnada en cada uno de los rincones de tu cuerpo y, aunque las vendas no dejen tu carne expuesta al sol, tiendo a pensar que hay días donde el sol te lastima lo suficiente como para sentir que todavía nos queda una pizca de amor por cultivar.
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