El locutor apenas terminaba de anunciar al siguiente artista y el público ya se mostraba eufórico. Los gritos hacían contrapunto con los instrumentos y, por momentos, llegaban a taparlos. Mientras los alaridos se aplacaban, el cuatro por cuatro con reminiscencias pop-rockeras se iba transformando en un seis por ocho. Se presentía el arribo de una de esas chacareras bien conocidas.
En un momento, la introducción instrumental no dejó ninguna duda sobre la canción que estaba por sonar. Fue ahí que apareció el cantante. Salió de las bambalinas pegando saltos. Cada parte de su cuerpo parecía propulsada por la corriente eléctrica. Solo permanecía quieto el jopo embadurnado en gel. De repente, su voz surgió igual de frenética que el resto del cuerpo:
—¡A ver esas palmas!
Cuando el público entrechocó las manos al compás de la música, el cantante movió la cabeza en señal de aprobación. Al parecer, disfrutaba de aquel sonido, ya que nuevamente exclamó, al llegar el próximo interludio instrumental:
—¡A ver esas palmas!
Esta maniobra se repitió en las dos chacareras que siguieron. El público respondía las órdenes con mayor y mayor efusividad. La cabeza del artista seguía demostrando aprobación.
La siguiente pieza musical era una zamba romántica. Allí no tenía sentido utilizar la misma estrategia. Fue por eso que, al cantar dos versos que requerían un bis, el cantante vociferó un “a ver ustedes” y apuntó el micrófono hacia la platea. La marea humana devolvió aquellos versos con potencia y afinación. Sin embargo, el cantor movió la cabeza en señal de desaprobación. Luego frunció el ceño y, mediante un gesto, ordenó a los músicos que detuvieran la ejecución.
—¡Así no! No se escucha nada. ¡Vamos más fuerte!
El público dejó las cuerdas vocales en esos cuatro compases. El cantante movió la cabeza en señal de aprobación y continuó con la interpretación, mientras se colaba algún alarido en la platea.
Siguieron las canciones y, con ellas, las voces de mando. Con cada respuesta favorable, el artista iba reafirmando su autoestima y las órdenes se iban cargando de autoritarismo. En un amplio pedestal, se fue erigiendo un Luis XIV, frente a miles de vasallos que le rendían pleitesía. Era Dios encarnado en la figura de un folklorista.
Arrancó un chamamé maceta. Las brillantes notas del acordeón hicieron que el artista reluciera su mejor voz de general:
—¡A ver ese sapucái!
La fidelísima tropa apuntó sus arcabuces al pecho enemigo y disparó el grito más agudo y potente que estuviera al alcance de una garganta humana.
La sed de poder solo aumentaba, directamente proporcional a la sumisión de la masa. Por eso, al comenzar la selección de carnavalitos, el cantante no tuvo ningún prurito en exclamar:
—¡A ver esas contorsiones circenses!
Algunos se pararon con las manos. Otros demostraron su elasticidad al pasar las piernas por detrás de los hombros. Hubo grupitos que formaban pirámides humanas, mientras que varios practicaban tumbas carneras y mortales hacia atrás. Incluso, hubo un tipo que se puso a hacer malabares con media docena de empanadas fritas.
El monarca absoluto movía la cabeza en señal de aprobación. Ya no tenía dudas sobre su poderío. Sin embargo, tampoco había que cebarse. Siempre podía generarse la chispa que encendiera una Revolución francesa. Todos los poderosos han caído, tarde o temprano. Por lo tanto, pensó que llegaba el momento de la estocada final:
—¡A ver esas billeteras!
Hacia el escenario, volaron centenares de billeteras y monederos, sumadas a algunas carteras y mochilas. Los músicos, sin detener la interpretación, esquivaban con destreza cada uno de los proyectiles. Al mismo tiempo, cuatro plomos munidos con bolsas de tela iban recolectando todo objeto de valor que encontraban.
“Listo el pollo”, pensó el cantante. Volvió a los movimientos frenéticos del principio, mientras el baterista hacía redobles en cada uno de los tones y platillos. El bajista y los guitarristas insistían sobre la misma nota. Era la señal de que el recital finalizaba y, por lo tanto, llegaba una última maniobra, la que serviría para que nadie sospechara.
—¡A ver ese saqueo a supermercados!
Enardecidamente, el público huyó de aquel predio. Espectadores, bufeteros, patovicas, miembros de la comisión organizadora, todos salieron desordenadamente, en busca del supermercado más cercano. Las únicas almas que permanecieron en el predio eran los miembros del conjunto.
El cantante observó las butacas vacías y luego dio media vuelta. Miró a sus compañeros y movió la cabeza en señal de aprobación. Los músicos posaron su mirada sobre el jopo embadurnado en gel, que subía y bajaba de manera hipnótica.
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