A veces siento una tristeza que me limita.
Que me limita a pensar, a crear y a sentir.
Una tristeza que, a veces, me sumerge bajo las sábanas de las cuales muchas veces no me quiero parar.
Una que me sumerge en la oscuridad de mi mente, sometiéndome a castigos como si fuera la mayor pecadora de la Tierra.
A veces cargo este dolor que arde, que quema y que incendia el hogar creado en papeles.
No sabía que con papel no se construían las paredes.
Fueron delgadas y ahora se incendiaron en un segundo, llevándose todo en un minuto que ni siquiera vi.
Ahora cargo con este peso que no me deja dormir.
Con recuerdos que me atormentan cada noche, como si el mayor mal de la Tierra lo hubiera creado yo con mis propias manos.
No sabía que las finas venas del corazón podían transportar tanto dolor.
Ahora cargo con esta tristeza… que me limita en cada aspecto de la vida, sumergiéndome en una depresión silenciosa.
Una que ataca sin avisar y se pronuncia sin llamar.
Una tristeza que me ahoga en un mar de desesperanzas, de recuerdos y un sinfín de cosas sin cumplir.
Ahora cargo con la culpa de no poder despedirme de todo lo que perdí.
Pero, sobre todo, cargo con esta tristeza que me mata de forma lenta y tortuosa.
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