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A veces pienso que Camus era un hijo de puta

Feb 6, 2026

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A veces pienso que Camus era un hijo de puta
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Llevaba meses sin conseguir trabajo. Cuando me llamaron para la entrevista sentí una mezcla de alivio y desesperanza. Si bien iba a tener una mínima estabilidad económica, mi vida iba a volver a esa rutina chupavidas: levantarse, viajar una hora en el transporte público —y rogar que no haya demoras—, trabajar ocho horas, otra hora más de vuelta en el transporte, cocinar, mirar el techo un rato e irme a dormir totalmente cansado para repetir la misma rutina al día siguiente, y el siguiente, y el siguiente, y el siguiente.

Entré en Cleancare dos días después de la entrevista. Era una empresa de limpieza contratada por Healthyzoo, una multinacional de laboratorios donde hacían las vacunas contra la rabia. En criollo: estaba terciarizado.

Los empleados de Cleancare teníamos los vestidores fuera de la planta, casi a una cuadra de las zonas de trabajo. Ahí conocí a mis compañeros, que en su mayoría rondaban entre los veinte y los treinta, a excepción de “el Rulo”, que pasaba los cuarenta y llevaba casi diez años de servicio —sin poder entrar en Healthyzoo—.

Al principio la cosa no iba tan mal. El trabajo era simple, tenía que limpiar los sectores que me asignaban y estos iban rotando cada mes: el taller mecánico, la planta de agua, el depósito, la gerencia y, sí, los baños, con algún que otro inodoro totalmente cagado.

También había otros sectores de los que se encargaban los empleados de Healthy: Medios, donde se producían las vacunas, y Cultivo, donde estaban los tanques con el virus. No había mucha diferencia entre nuestros trabajos, a excepción de que en Healthy se cobraba más del doble, se trabajaba de lunes a viernes —no hasta el sábado como nosotros— y tenían vacaciones más largas.

Hacía dos años que el Rulo no se tomaba vacaciones. Ese año tenía pensado ir a la costa con su mujer, así que se pidió unos días. Mientras manejaba rumbo a Gesell le dio un infarto. El ataque no lo mató, pero pasó el resto de sus vacaciones internado. Después volvió al laburo y siguió su rutina —morirse hubiese sido menos cruel—.

A veces pienso que Camus fue un hijo de puta por haber sugerido imaginarnos a Sísifo feliz.

Ese diciembre los empleados de Healthy se iban con sus cajas navideñas. Sabíamos que a nosotros no nos iban a dar nada —aunque en el fondo había una leve esperanza—. Ese fin de año se sintió particularmente humillante. Carlos, uno de los jefes de Healthy, nos llamó al depósito y nos dijo que habían sobrado dos cajas. Nos comentó que, charlando con otros jefes, les había parecido correcto sortearlas entre nosotros (éramos once).

Nos preguntó si estábamos de acuerdo y, después de un leve silencio incómodo, todos dijimos «sí, sí, por supuesto» —con el entusiasmo de un perro que sabe que lo van a sacrificar—. Nos hizo escribir nuestros nombres en unos papelitos que después metió en una bolsa, la sacudió y sacó dos. Salieron los nombres de Deny y Alex. Carlos nos miró al resto y dijo:

—Más suerte la próxima.

Después volvimos a nuestros puestos de trabajo.

Ese día, volviendo en el tren, la frase me quedó en la cabeza: “más suerte la próxima”.

¿Más suerte?

¿Suerte en qué?

Nunca tuve suerte. Siempre salí de un trabajo de mierda para pasar a otro igual o peor, y la “próxima” tendría que ser otra vida.

Me echaron cuando estaba trayendo el último mueble: me acababa de mudar.

A los días fui a buscar un buzo y unos borcegos que habían quedado en mi locker. En el camino me crucé a mi exjefe, Carlos, y me dijo:

—Che, se corre la bola de que te quieren reincorporar. Estuve hablando con los otros.

Lo miré con estupidez, como se mira a un sorete dando vueltas en el inodoro esperando que se vaya.

Agarré mis cosas y me fui.

Cuando llegué a casa, puse la pava y armé lo que parecía ser el último cigarrillo del paquete. Tomé unos mates, di unas pitadas y pensé:

"Hay que imaginarse a Sísifo feliz".

Qué culo roto.

Delirios de un peatón

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