Al gris me asomo.
Soy de disfrutar los orajes que en general se consideran adversos. No digo de salir a mojarme y que el viento me hiele los huesos. No, para eso soy pusilánime.
Esos días los disfruto desde la ventana. Con la lumbre alegre en la chimenea y en el alma el talante así como en nostalgia, como en dulce y amable tristeza inevitable.
Yo es que soy muy de dejarme llevar por las oscuridades, las del cielo y las del espíritu. ¡Ea! Es mi talante.
Perdido del otoño su policromía, lo hace todo más como cuando eramos niños y la vida era en grises. Las ropas que vestía el pueblo entonces no tenían, como ahora, tantos colorines.
La desnudez de los árboles nos dice del enorme invierno que viene y llega, que llama y entra. Y del sueño.
Hibernan las raíces haciendo lo menos y las ramas acatan la intemperie sin remedio. No parece que sufran los álamos o los cerezos, pero... a saber... los humanos somos tan lerdos para los sentimientos ajenos.
Hoy, al parecer, es el día de la Palabra. Tengo muchas en este tintero que albergo, así que entre lo meteorólogo y mi vicio por escribir, hoy es un día estupendo.
(Si no entramos donde no es bueno).
Veamos pues este tercio:
Modos de hacer.
Era aquel un lugar en el que cuando las cosas del dinero iban mal, en vez de masacrar a los más pobres, se echaba mano de las cifras de los más pudientes, y quien más tenía más aportaba y así hasta que era necesario.
Era de tal fuerza esta tradición, esta costumbre-ley, que curiosamente jamás de los jamases había una crisis económica.
Ya ven, los grandes males y los grandes remedios.
(Utopía no tan descabellada. Creo yo).
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