Empecinados en saber qué cantaba la nena del barrio. Y las apuestas a retrucarnos, a correr por la plaza entre los juegos, a tropezar con la hamaca de tal forma que el mecernos sea el único camino posible
—Creo que cantaba un tango
Tres teorías en veintitrés segundos; no te podés ni dejás dormir. Y de la nada te pinta ponerle un nombre a una estrella que imaginás habernos cruzado a la vuelta de Urano, casi esquina Rivadavia, a la altura donde dejamos el último vino a medio tomar
—¿Es una referencia a que ahora somos pobres
Irrumpís la certidumbre con un humor teñido de olvidos, de niños y juegos, de recogimiento necesario ante un mundo que se desmorona, que deja caer sus paredes y nos lleva hasta el lugar más recóndito del cuarto.
Sin embargo y a la vez, no dejás de recordarme al oído —a veces luego de una mordida— que cada vez que cae un muro no solo inunda el adentro, sino que nos vemos desconcertados en un afuera gigante. Y un tango, y un tarareo prolijito como brújula de un camino por Buenos Aires, entre bares y voces, entre vos y un gato, entre yo y un cometa que se llamaba Sofía, y vos y otra risa recomendándome un hospital psiquiátrico al que seguramente no sabría llegar
Por eso te pediría alguna que otra ayuda; también de certidumbres cuento, y seguramente ya lo habías visitado.
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