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A mi Querencia Endemoniada.

May 11, 2025

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A mi Querencia Endemoniada.
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“Había caído en cuenta que, el amor que aquella minoría podía ofrecerme terminaba, ineludiblemente, en una tragedia”.

No hallábase en la estancia mas que el renacimiento de una entidad primitiva ansiosa de consumir la ternura de mis versos, con los que yo clamaba redención a la carencia de su exceso. Esta amalgamaba mi pesadumbre con notitas de sangría, condenándome a morir entre tragos de remembranzas aprisionadas por los embelesamientos causados a corazones de antaño. 

Su tendencia homicida figuraba en las cuatro cartas en las que yo me sabía culpable de su obrar. Logrando imponerse contra mis costillas, necrosando el ablandamiento de lo que yo inquiría, era mi empatía. Toma entonces posesión de mi mirada, riendo con mi voz transmutada a sus alaridos horrísonos; se disfrazaba con mi entonación, con las pausas de mi lengua sometida a su control.

“No sos recipiente de amor, pues Dios a vos no te bendijo de caminos bendecidos por la compañía”. Cata la sangría dipsómana, sabiéndose triunfante ante la agitación de mi pecho, de mi mano convulsa sobre el agarre en el vaso, y se muestra atorrante al enjugarse los vidriales de nuestra jaula por la frase que ha musitado hasta ahora caletrera. 

Se diluyen las horas en el vaivén de los tragos con la aguda quemazón sentenciando mi extinción, ella intenta extirparme a carne viva a través de su levantamiento concebido por nuestra neurosis demonial. En su concepción revela una ternura escamosa, supurante de candor antaño en los recovecos de mi cuerpo, dentro de los tejidos en los que busca acabarme desde el núcleo del pecho. 

No pide permiso; ha de devorarme sin honra. Pudriéndome y desmenuzándome, con tal premura, en la que yo habría de perder el discernimiento de su parasitismo y mi sangre en ebullición, de la obcecación excitándome la pupila y sus garras aferrándose a la presa sin perdón. Nos habremos de enfermar el uno al otro. Y probablemente nos reconozcamos como visitantes que debamos erradicar, con el fin de vivir plenamente en esta jaula que pacta la eterna convivencia de la bestia y mi moral. 

Malditos hemos sido por compartir la piel que nos abriga, temerosos a las pulsiones de nuestros bajos instintos. Pues mientras he de canonizarme en quien me profesa manía, consagrando mi sed al cáliz ígneo. Ella paseábase errática con el apetito salivando, con las garras bifurcadas hacia la carne deformada de quien no la pasea, animando más a la bravura de su raigambre afectuoso. 

He de (sobre)vivir enjaulado a la par de una querencia endemoniada. 

Adviértase de un finísimo hilo ambivalente, donde la bestia, sintiéndose mansa y noble; llega a bajar las orejas, se lame deseosa los bigotes, y juguetea tierna con sus patas en el espacio delimitado por nuestra oscuridad.

En aquellos momentos me entiendo con ella al hablar su mismo lenguaje silvestre. Comprendiendo el ciclón de sus ojos afilados, la arritmia que no le deja otra opción que mostrar la hilera de caninos salivados, respirando descuidadamente en busca del apaciguamiento que no llega a ella. Es en aquella secuencia donde Bestia no es Bestia; es un animal medroso, famélico, inmiscuido en la primitividad voraz que arraiga su aislamiento. 

Come por hambre, mata por sobrevivencia. Y llora, en su lenguaje zafio, por la enfermedad que reclama muerte en las concavidades de su pecho.

Es ahí cuando el animal, que indiferente se lame las patas en una esquina, desnuda sin resquemores, frente a mí, su fisonomía enjuta; el pelaje, pegado a la estructura ósea de su lomo, esa misma que, ahuecándose en los muslos, deja entrever la peligrosidad de su estado en el contorno afilado de sus caderas. Y sus garras, con las que ha de despedazar sin piedad, se clavan en la carne gangrenada que limpia, adolorida y obstinada, como un ritual desesperado de sosegar el dolor. 

Ella desde aquella distancia me observa, sin ninguna voluntad de ensartarme los colmillos. No le importa en absoluto si le toco el cuerpo desnutrido, o si errático le maldigo como la razón de todas mis tragedias. Desinteresada expone en sus ojos, normalmente eclipsados al presentarse una nueva presa, el mismo color de iris que los mios, fomentando la sensación devastadora manifestada en un sólo pensamiento: 

Bestia soy yo. Siempre he sido yo. 

Porque al rozar esos labios habitáculo de la querencia, la caricia se entrega, inseparable, de garras que arañan con la misma delicadeza que un roce. Que en esos besos entregados a la piel, los labios habrán de desvelar la hilera de colmillos enterrados en el temblor de los muslos tiernos de una muchacha embelesada. Y cuando el momento de poseer se proponga arrebatarme el aliento; el enojo será compartido, el rugido silente se asomorá en el grito que brote de la boca humana. 

Y a últimas instancias, será el instinto homicida el que nos eclipsará la pupila por igual, siendo dos energúmenos condenados a destruir el amor personificado que avivó el hambre en primer lugar. 

Por siempre, Cuervo.

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