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A los ojos

Jan 16, 2026

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A los ojos
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Hace pocas semanas, los medios de comunicación de Buenos Aires, por razones periodísticas o por otros intereses, informaron que el pastor evangélico y presentador televisivo Dante Gebel estaba siendo tanteado por sectores opositores al gobierno libertario para instalarlo como candidato, no a diputado, ni senador, ni intendente, sino a presidente de la República en el año 2027. Dichos sectores, consultados por los medios, argumentan que "solo un outsider puede ganarle a otro outsider", y que el vacío de liderazgo opositor, intrincado en disputas de poder, empuja la necesidad de un emergente ordenador; un orden que sólo se sostendrá por el rechazo a Javier Milei, lo que recuerda a aquel 2019, con el Frente de Todos formado para sacar a Macri del poder, pero en ese caso "liderado" por políticos profesionales.

Gebel, quien no gusta de hacerse llamar pastor, sino más bien showman o conductor, llena teatros con su obra "Presidante", un monólogo, a modo de autoayuda, basado en reflexiones sobre la vida. Para este año, realizará una gira mundial: Estados Unidos (donde vive), Centroamérica, Sudamérica y Europa. Sorpresivamente, no realizará funciones en Argentina, aunque sí probablemente siga transmitiendo desde Los Ángeles su programa televisivo.

Gebel no habla, no se pronuncia. No habla de políticos, ni de coyuntura. Hasta el momento, no ha realizado entrevistas. Mientras tanto, sindicalistas peronistas y empresarios tantean la situación. Se pintan las paredes, se levanta la noticia en los medios, se miden las redes sociales. Con la llegada de Javier Milei al poder, la primera impresión que puede llegar a evidenciarse es: "¿por qué no? Todo es posible en Argentina". Pero no queremos hablar de ello; el debate parece estar clausurado. Hablar "de política" produce malestar, es un asunto incómodo, circuncripto a nuestro interior, y solamente expuesto en un cuarto oscuro, en el anonimato de las redes sociales o en el insulto a una pantalla. Mientras tanto, el detrás de escena busca proveedores, piensa diseños, narrativas, y estrategias para canalizar el combustible de los populismos de derecha del siglo XXI: la ira. Ira contra los funcionarios de turno, pero también contra la incompetencia de la oposición. "Son todos iguales": todo vuelve a su punto de origen. O por lo menos, ese parece ser el paradigma de la construcción política.

Sin embargo, la esperanza es también un químico fundamental que procuran cimentar los impulsores de liderazgos. Los líderes seculares y carismáticos son imprescindibles en un país con tal cultura política, y en la que la burla y el desprecio a los políticos profesionales parecen prolongarse por tiempo indefinido.

Lastimosamente, hay un estado de situación que se repite. La crisis de las ideas -que permite el intercambio de figuritas políticas entre los partidos sin pudor alguno; el vaciamiento del debate político; la estructura de explotación que anula el tiempo de ocio y de vinculación social; la crisis educativa y el rechazo al pensamiento como política pública: toda esta acumulación de factores provoca la continuación de un hecho: siguen pensando por nosotros. No es que nadie piensa, sino que la profundización de las desigualdades también afecta al campo cognitivo y de acción colectiva, a nuestros cuerpos y a nuestros vínculos.

Parecen haber dos soluciones funcionales al sistema: mediante la ira y la construcción de un otro al cual hay que destruir, reforzado por el estímulo de las redes sociales; o mediante la resignación y la desesperanza, en una especie de determinismo pesimista, esperando la colisión de Melancholia y el fin de los tiempos. Sin embargo, hay una sorpresa: el tiempo y el espacio siguen siendo nuestros. Cada vez menos, es cierto, al estar en manos de explotadores, propietarios, patrones, algoritmos. Pero a pesar del inherente conflicto de clase, la condición humana es la condena existencial de la decisión. Cada día es un día para decidir si queremos mirar a los ojos. Si queremos mirar el mar, los árboles o a los demás, improductivamente. Podemos hacerlo, podemos invitar a hacerlo. Y si van a decidir por nosotros, una vez más, podemos decidir que no. Negarse a la manipulación y a levantar falsas banderas. La sospecha debe retornar: aún no es tarde.

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