Hay quienes se toman demasiado en serio la moral de puertas ajenas.
Les basta compartir dos noches, tres conversaciones largas, para pararse en el umbral de departamentos que no habitan, a contar luces prendidas como vecinos insomnes.
A veces me hablan de honestidad con ese tono administrativo de quien quiere una contraseña y no una conversación.
Entre ellos se acomodan bien, se prestan culpa, teorías, pequeños espantos domésticos. Qué curiosos son.
No entienden que yo también sé aburrirme, que a veces beso apenas por la tibieza, por escuchar otra respiración contra el ruido industrial de pasos iguales, para reconocer una tristeza no propia sin necesidad de adoptarla.
No entienden que el amor no siempre baja del cielo con los ojos incendiados, a veces llega cansado, se sienta un rato en la cocina, comparte un cigarrillo húmedo y después se va.
Hay hombres lindos de noche, hombres lindos para fumar, y los hay descartables.
Creo que sobre todo eso.
No por malos,
peor,
porque son pequeños,
pequeños en sus morales prolijas, en sus celos heredados, en esa forma gris de categorizar lo que desean.
Después se ofenden cuando una los mira con ironía, como si no supieran del desprecio selectivo con el que llevan años juzgando.
Lo cómico de cómo quieren salvarme de una condena que sólo existe en sus reflejos.
Yo ya no elijo eso, aunque a veces todavía digo cosas enormes para escuchar cómo suenan en una habitación vacía.
Prefiero la ambrosía que no viene a fiscalizarme el alma.
Y mientras ellos discuten, como viudas aburridas, si fui libre de la forma correcta, yo sigo acá: desayunando cenizas viejas,
durmiendo entre felinos,
escribiendo poemas
y dejando la ventana abierta por si acaso una noche,
entre tanto ruido pequeño,
aparece por fin el animal imposible.

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Ni ser ni esencia solo converso con lo invisible sobre la impermanencia de las cosas, a veces, en forma de prosa.
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